Supersubmarina: la historia de cuatro amigos qu...
Dorian y la Barcelona que bailaba hacia el futuro
En la Barcelona de finales de los noventa, entre clubes, guitarras independientes, nueva ola y destellos de «synth pop», empezaba a tomar forma una banda destinada a contar algo más que su propia biografía. «A cualquier otra parte» (Plaza & Janès, 2026), el libro en el que el periodista Álex Serrano reconstruye la historia de Dorian, se adentra en dos décadas de música, amistad, crisis y canciones convertidas en himnos generacionales. Desde la efervescencia cultural de la Barcelona de los 2000 hasta la conquista de Latinoamérica, el volumen traza el retrato de un grupo que supo mezclar melodía pop y pulso electrónico para poner sonido a una época. A través de una narración coral, Serrano compone un mosaico sobre el éxito, la independencia, las tormentas emocionales y el espíritu de una generación que aprendió a resistir bailando. LENGUA publica a continuación un extracto que forma parte del primer capítulo, titulado «La semilla electrónica (2000-2002)».
Por Álex Serrano

Dorian en el Sonorama Ribera 2025. Crédito: Getty Images.
Todos los grupos cuentan historias a través de sus canciones, pero no todos tienen una historia que merezca ser contada. La de Marc, Belly, Bart y Lisandro arranca a principios de siglo en Barcelona, cuando los tres primeros se conjuran para formar Dorian y vuelcan en este proyecto sus inquietudes musicales, artísticas y vitales, en el contexto de una ciudad que bullía de energía creativa, hedonismo y un incontenible deseo de abrirse al mundo.
Marc, Belly y Bart pensaron que podían quedarse con las entretelas de la música que les emocionaba, aunque no estuviese de moda, y vestirla con sonidos que sí lo estaban. Inspirados por bandas como Radio Futura, Nacha Pop, New Order o The Cure, se propusieron trasladar la chispa de la nueva ola y el synth pop a la pista de baile de los años dos mil, armados con sintes y secuenciadores modernos. ¿Por qué elegir, cuando puedes tenerlo todo? Parte del combustible con el que arranca una banda es esa mezcla perfecta entre ansia e ilusión que te dice que, si eres capaz de imaginarlo, ya estás un poco más cerca de conseguirlo.
Así nació Dorian, una banda que hoy alcanza los veintitantos años de trayectoria y que, a lo largo de todo este tiempo, ha disfrutado de varias vidas. El propósito de este libro es contarlas todas (o casi todas) de la manera más ordenada posible, con la ayuda de sus protagonistas y un puñado de personas que los han acompañado en distintos tramos del camino.
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Para quienes les siguen, Dorian es más que un grupo; es casi una institución. Para quienes integran Dorian, todo es más complejo ¿En qué momento el grupo en el que tocas empieza a apoderarse de tu vida? ¿Cómo se diluye tu individualidad en algo más grande que termina por acaparar casi toda tu energía? ¿Cuándo pasan los compañeros a ser amigos, los amigos a ser familia y esa nueva familia a ser una entidad que trasciende todas las etiquetas anteriores?
Y es que, antes de empezar a contar el cómo, el cuándo y el dónde de Dorian, resulta igual de importante preguntarse qué es Dorian. Y solo quienes respiran Dorian, sudan Dorian y lo bombean en sus venas pueden responder. Por eso, esta es la primera cuestión a la que han tenido que enfrentarse Marc, Belly, Bart y Lisandro entre las muchas que se les han planteado con el fin de conformar un mapa de la génesis de su banda.
Para quienes les siguen, Dorian es más que un grupo; es casi una institución.
Digamos, para empezar, que todo comenzó en Barcelona, una ciudad que a finales de los noventa se hallaba en plena transformación. Habían pasado siete años desde los Juegos Olímpicos, y sus calles y sus gentes seguían asimilando aquella poderosa metamorfosis. Lo que en principio era una operación urbanística terminó convirtiéndose en algo más profundo: una revolución en la forma de entenderse y amarse a sí misma.
La Barcelona provinciana, gris, encorsetada por décadas de franquismo, había muerto para dar paso a una metrópoli que miraba al mundo con la confianza de quien acaba de redescubrir sus potencialidades.
El cambio se respiraba en las calles. El Raval dejó de ser un barrio marginal y se convirtió en el epicentro de una bohemia emergente. El Born se llenó de galerías de arte y estudios de diseño. Gràcia conservaba su espíritu rebelde, pero lo actualizaba con cafés donde se hablaba sobre Truffaut y Godard. Y en el Eixample, entre la burguesía tradicional, se abrían paso librerías especializadas en música y cine que funcionaban como puntos de encuentro para una generación empeñada en buscar sus propias referencias.

Belly Hernández y Marc Gili, integrantes de Dorian, en la librería Ocho y Medio de Madrid en septiembre de 2023. Crédito: Getty Images.
Aquella Movida barcelonesa no tuvo la visibilidad mediática de la madrileña de los ochenta, pero fue igual de intensa y quizá más auténtica. No necesitaba cámaras ni revistas del corazón porque se nutría de algo más sólido: una comunidad real de jóvenes que habían crecido en democracia, que no arrastraban las neurosis de la Transición, y que simplemente querían crear cosas nuevas porque podían hacerlo.
Los clubes se multiplicaban como células de un organismo en expansión. Zeleste había sido el pionero. Aquel búnker donde Sonic Youth tocó a principios de los noventa dio cabida a las fiestas A Saco que, capitaneadas por DJ Amable, convocaban todos los fines de semana a numerosos jóvenes ávidos de bailar y escuchar post-punk, nueva ola e indie. Nirvana, por su parte, había reventado el Palau d'Esports en 1994, dejando claro que Barcelona también podía ser una plaza de referencia para el rock alternativo. Luego llegó el Nitsa Club, que convirtió los jueves en una religión laica donde se oficiaba el culto al buen gusto musical. Salas como Apolo, Garatge o La Paloma se consolidaron como templos del directo independiente. Alrededor de estos epicentros gravitaba una constelación de bares, salas más pequeñas y espacios okupados donde se fraguaba el futuro cultural de la ciudad.
Parte del combustible con el que arranca una banda es esa mezcla perfecta entre ansia e ilusión que te dice que, si eres capaz de imaginarlo, ya estás un poco más cerca de conseguirlo.
La prensa musical también había evolucionado. Rockdelux, editada en Barcelona, marcaba tendencias, pero en la misma ciudad surgía MondoSonoro, una revista que comprendió enseguida que la música independiente no era un capricho de cuatro esnobs, sino una forma de vida. Sus páginas se leían con devoción, porque cada número era un mapa de nuevos territorios por explorar. MondoSonoro nace en 1994, justo en pleno apogeo de la explosión alternativa internacional. Barcelona era un reflejo de aquella ebullición global, pero además disfrutaba de la inercia postolímpica. Durante aquella segunda mitad de los noventa, todas las influencias llegadas del exterior —música, cultura de club, vanguardias sonoras— se consolidaron hasta crear un ecosistema cultural sólido y reconocible.
Y luego llegó el Sónar. Desde 1994, el Festival Internacional de Música Avanzada y Arte Multimedia fue creciendo hasta convertirse en una de las citas más respetadas de la electrónica a nivel internacional. Cada mes de junio, Barcelona se transformaba en la capital global de la vanguardia sonora. Artistas de medio mundo venían a presentar sus propuestas más arriesgadas, y los barceloneses las absorbían con naturalidad, como si la experimentación fuese parte de su ADN.
En aquel contexto de efervescencia creativa, una generación de jóvenes barceloneses empezó a definir su identidad cultural. Eran chicos y chicas nacidos a finales de los setenta y principios de los ochenta, que vivieron la Transición como un ruido de fondo en sus casas. No arrastraban, por lo tanto, complejos políticos ni traumas históricos: solo ganas de crear, de experimentar, de inventar un sonido propio que fuera tan cosmopolita como mediterráneo, y tan universal como barcelonés.
En esa Barcelona de posibilidades infinitas, tres jóvenes con biografías diferentes estaban a punto de encontrarse para dar forma a algo que ni ellos mismos sabían que estaban buscando.
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