Maradona y Bilardo: el origen íntimo de la Argentina campeona del mundo
Antes de que Argentina levantara la Copa del Mundo en México 1986, hubo una Selección que cargó con dudas, rumores y desconfianza. En «Jamás me voy a olvidar», el propio Diego Armando Maradona vuelve sobre aquel territorio mítico -y todavía ardiente- para contar en primera persona cómo se gestó una de las mayores hazañas de la historia del fútbol. La nueva edición del libro, enriquecida con reflexiones íntimas hasta 2020, recupera la voz inconfundible del ídolo: frontal, emotiva, contradictoria y ferozmente leal a su verdad. En este extracto que publica LENGUA en la víspera de la Copa Mundial de la FIFA 2026, Maradona recuerda las presiones políticas, la defensa de Carlos Bilardo, la tensión con el poder y el nacimiento de una causa colectiva que parecía destinada al fracaso. El resultado es una memoria viva del Mundial de 1986 y del capitán que convirtió la adversidad en leyenda.

Diego Armando Maradona (1960-2020) durante un partido de la Copa Mundial de la FIFA 1986, México, junio de 1986. Crédito: Getty Images.
La Selección que nadie quería
Cuando faltaban días para el Mundial, más o menos en abril del '86, en el país había problemas más importantes que la Selección. Pero, bueno, así somos, así éramos. La política siempre se metió con el fútbol, siempre lo usó, y lamentablemente siempre lo seguirá haciendo. El presidente Raúl Alfonsín había declarado que no le gustaba cómo jugaba la Selección y, a partir de eso, el rumor se empezó a hacer cada vez más fuerte. Se decía que el Gobierno quería voltear a Bilardo y poner a otro. La verdad es que a mí, un día, me llama Rodolfo O’Reilly, que era uno de los tipos de deportes, junto con Osvaldo Otero, y me dice: «Vamos a echar a Bilardo…».
Eran las once de la noche en Italia. Sonó el teléfono, raro, y me lo pasaron. Entonces, le digo:
—Perdone, ¿usted cómo consiguió mi número de teléfono?
—Bueno, nosotros en el Gobierno tenemos los números de todos, ¿vio?
—¿Ah, sí? Olvídeselo, porque yo a usted no le conozco ni la cara y me llama a mi casa a las once de la noche, ¿sabe que son las once de la noche, acá? Y le voy a decir algo más, más importante…
—Disculpe, Diego, ¿qué?
—Que si quieren echar a Bilardo, hagan de cuenta que me están echando a mí. Así que, por si no le quedó claro, no están echando a uno. Están echando a dos. Si se va él, yo también me voy.
Y le corté.
- ¡En oferta!
- -5,00 €
Ver más
Quiero contar esto ahora para que quede bien claro: yo no lo traicioné a Bilardo cuando me llamaron del Gobierno para voltearlo. Por eso me dolió mucho cuando, años después, él se quedó en la Selección cuando a mí me echaron como un perro, después de Sudáfrica. Si hablé, si dije cosas muy fuertes, fue porque estaba muy dolido. Y todos me conocen: cuando yo hablo desde las tripas, puedo decir cosas muy hirientes. Con Carlos nos conocemos bien; por eso nos entendimos.
En aquellos tiempos yo era de los menottistas, pero levanté la bandera de la causa por el grupo, porque estaba convencido de que este grupo iba a ganar algo. La causa venía maltrecha, venía trastabillando. Yo quería parar la movida en contra y la paré: me había propuesto que a ese equipo lo sacaba adelante. Y lo saqué. ¿Alfonsín? ¿¡Alfonsín iba a estar preocupado por Bilardo con los quilombos que tenía!? Por favor.
Yo me jugaba por la causa, por los muchachos, y por Bilardo también. Era un muy buen tipo. Cuando dije que para mí había muerto al quedarse en la AFA, después del 2010, y que no me lo iba a resucitar nadie, y que no le iba a dar ninguna oportunidad, no fue de mala leche. Fue de calentón… Estaba muy, muy golpeado. Me había quitado un sueño. El sueño más grande después de mis sueños como jugador. Aquella vez dije que no era «tocuen», que no era cuento. Y ahora menos. No es «tocuen» todo esto. Es la verdad, es mi verdad.
Por eso no me olvido, jamás me voy a olvidar, de cuando me fue a buscar a Barcelona para contarme su proyecto.
Una cosa no quita la otra. Llegó la hora de contar las cosas como fueron… Que se hable de todo. Del plantel, del cuerpo técnico, de los que sumaron y también de los que restaron.
Ojo, es cierto, eh, aunque ahora parezca mentira: ¡Carlos no nos dejaba entrenar! Parece joda pero es cierto. El tenía todo en la cabeza y por eso no nos quería arriesgar. Tenía miedo de que alguno se le lesionara. Lo juro, chuick, chuick, un día antes del partido contra Corea del Sur, no sabíamos cómo íbamos a jugar.
«Si hablé, si dije cosas muy fuertes, fue porque estaba muy dolido. Y todos me conocen: cuando yo hablo desde las tripas, puedo decir cosas muy hirientes».
Quería la revancha
Todos estaban más preocupados por Passarella que por Maradona y el tipo se me apareció en Lloret de Mar, pero fuera de temporada. Era marzo del ’83 y todavía estaba fresco. Pero yo no sentía ni frío ni calor; lo único que me interesaba era entrenarme para volver a jugar. Llevaba casi tres meses afuera por la puta hepatitis, que me había agarrado en diciembre del ’82. Habíamos hecho una pretemporada especial con un profe del Barça, Joan Malgosa, y me hacía compañía Próstamo, que había sido compañero mío en Argentinos. Me faltaba poquito para volver a tocar una pelota después de tanto tiempo y estaba ansioso. Además, también estaba ansioso porque se decía que se iba el DT, el alemán Udo Lattek, que nos volvía locos con los trabajos físicos y se olvidaba de la pelotita, y que llegaría el Flaco Menotti. Para mí, era una bendición. Por fin me iba a sentir cómodo en el Barça. Todo era motivación para mí.
Bilardo cayó de golpe con Jorge Cyterszpiler, que todavía era mi representante. Llegó de noche, directo desde Barajas, y hablamos un ratito antes de la cena, y a la mañana siguiente el loco me pidió un pantaloncito y se prendió conmigo en el trote. Eran seis kilómetros, los últimos que me faltaban.
Trotamos, caminamos, trotamos. Y hablamos, hablamos un montón. Me acuerdo bien del diálogo que tuvimos.
—Quiero saber cómo estás…
—Bien, bien, hace tres meses que no juego, pero mañana vuelvo a tocar una pelota y después no me para nadie.
—Está bien, y quería comentarte la posibilidad de que formes parte de este proceso de la Selección.
—Mire, Carlos: mi contrato dice que además de las eliminatorias puedo jugar cualquier partido, siempre y cuando el Barcelona no tenga algún compromiso importante. Pero mi único compromiso importante es la camiseta de la Selección.
Después me salió con el tema de la guita. Siempre salía con el tema de la guita, Bilardo. El dinero, como él le decía. Me preguntó si iba a tener alguna exigencia, si iba a pedir algo…
—Noooooo, de eso olvídese… ¿¡Cómo voy a tener problemas de plata!? Si voy, es por la Selección y para defender la camiseta argentina. Lo de la plata no me importa para nada, para nada…

El capitán y estrella de la selección argentina de fútbol, Diego Maradona, exhibe la Copa Mundial de Fútbol ganada por su equipo tras la victoria por 3-2 sobre Alemania Occidental el 29 de junio de 1986 en el estadio Azteca de la Ciudad de México: Getty Images.
Yo venía de no estar en el '78. Y también venía de estar en el '82, cuando habíamos fallado en algunas cosas, empezando por mí: llegué fundido físicamente. Pero tampoco es que se hizo todo mal aquella vez. Típico argentino: en el ’78, porque se ganó, todos Gardel. Y en el '82, porque se perdió, todos a Devoto. Noooooo. No fue así.
Pero lo cierto es que estaba golpeado. Y convencido de que quería revancha, con toda mi alma quería la revancha.
En mi primera entrevista después de volver, dije que en el Mundial ’82 no había fracasado, que había hecho lo que había podido. Pero tenía clarito que había sido yo el que más había perdido aquella vez: mucha expectativa, mucha publicidad, mucho careta esperando verme caído. Y me acuerdo, clarito, que dije: «Vamos, viejo, no mientan; en nuestro país hay cosas mucho más importantes que Maradona. Quiero borrar este Mundial de mi cabeza y empezar a pensar en el del ’86». Eso les dije en el ’82. Y un año después estaba poniéndome en condiciones para demostrar que era cierto.
Bilardo me empezó a explicar ideas que él tenía en la cabeza, cómo quería que jugara yo y esas cosas. Me dijo que no me asustara con lo de la hepatitis, que él había tenido dos casos en Estudiantes, a Letanú y a Trobbiani, y que al principio costaba volver, pero después te acostumbrabas. Y en el juego, la verdad, es que me dio todas las facilidades: me quería libre, que jugara donde quisiera, que el resto se iba a mover alrededor mío. Que me quería de la mitad de la cancha para adelante, sin obligaciones de marcar (¡las pelotas que no iba a marcar!), como hacían Rummenigge o Hansi Müller en Alemania. Le encantaba Alemania. Me acuerdo que después se fue a hablar con Stielike, que era el líbero del Madrid. Estuvo con el viejo Di Stéfano también. Un grande, Alfredo. Siempre lo quise mucho, siempre. Era un calentón, como yo, y estaba adelantado a su tiempo. En aquel encuentro le dijo a Bilardo que lo que le faltaba al fútbol argentino era movilidad y dinámica, que todos marcaran, además de jugar. Y, la verdad, tenía razón.
Y enseguida Bilardo me tiró la frase que no voy a olvidar nunca, nunca, pase lo que pase: «Aparte, vas a ser el capitán», me dijo.
Me explotó el corazón, ¡me explotó el corazón! Si no me morí de un infarto en ese momento, no me muero más.
Hasta el día de hoy, cuando me hablan de que fui, de que soy, ¡de que soy!, capitán de la Selección, sigo sintiendo lo mismo. Es como tener en brazos a Benja, es la misma emoción. Como que tomás el mando, que te hacés cargo. No hay otra cosa más maravillosa que ser el capitán de un equipo. Y de la Selección, más todavía: ahí sos capanga, capanga, en serio.
Había sido capitán de Argentinos, del Juvenil, de Boca, pero lo que más quería era ser capitán. En cada viaje, en cada salida, me compraba o me hacía comprar cintas de capitán… A esa altura había juntado como doscientas. Y tenía 24 años nada más, pero me sentía capacitado. Si Passarella había sido el capitán hasta ahí, ahora me tocaba a mí.
Cuando a vos te dan la capitanía, por huevos tenés que conocer a todos. Yo me hacía traer videos, cómo jugaba este, cómo jugaba el otro, preguntaba mucho por teléfono, a mis hermanos, a mis sobrinos. Ellos me ayudaban, me los describían, «ese anda bien» o «aquel otro tendría que largarla más…». Claro, ahora te reís, pero en aquellos tiempos ver un partido por televisión casi no existía; tenías que conseguir información de donde pudieras. Y yo la buscaba por todos lados. Como capitán, más.
«Hasta el día de hoy, cuando me hablan de que fui, de que soy, ¡de que soy!, capitán de la Selección, sigo sintiendo lo mismo. Es como tener en brazos a Benja, es la misma emoción. Como que tomás el mando, que te hacés cargo. No hay otra cosa más maravillosa que ser el capitán de un equipo. Y de la Selección, más todavía: ahí sos capanga, capanga, en serio».
Así tenía que ser la Selección de Maradona
Lo primero que me propuse, una vez que supe que mi sueño se había cumplido, fue instalar una idea: jugar con la camiseta de la Selección tenía que ser lo más importante del mundo, aunque la guita grande la ganaras con la camiseta de un club europeo.
Así quería que fuera la Selección de Maradona, ese era el estilo que quería instalar.
También me llegó mucho, mucho, que Bilardo me dijera que iba a ser el único titular. Por eso, yo hice lo mismo con Mascherano, muchos años después. También lo tendría que haber hecho con Messi, nunca lo dije, y es una de las cuentas pendientes que tengo. Ojo, yo acepto eso de «Maradona más diez», como después dije «Mascherano más diez», pero nunca me creí que podía ganar yo solo, porque eso no existe. Por eso les reconozco a todos mis compañeros el sacrificio que hicimos… Menos a Passarella, a todos.
Pero para eso faltaba mucho todavía, un montón. Estábamos en marzo del ’83 y esta historia recién empezaba. Para mí, iban a pasar casi dos años para volver a ponerme la camiseta de la Selección. Parece increíble, pero así fue. En el medio, viví de todo. Como siempre en mí, un año valía por tres, o por cuatro.
Una semana después de aquel encuentro con Bilardo, volví a jugar: llevaba tres meses parado por la hepatitis. Empatamos 1 a 1 con el Betis, pero lo más importante fue que en el banco estaba sentado el Flaco Menotti. Fue su debut. Y con el Flaco, la historia fue bien distinta para todos. Los muchachos se enamoraron de él por la forma en que los trataba. Claro, venían del alemán y Menotti te compraba con las palabras. Fíjense que hasta Guardiola lo fue a buscar cuando se decidió a ser entrenador. Hoy, cualquiera de ese grupo que se encuentra, lo primero que hace, es preguntar por el Flaco.
Disfruté mucho de aquel Barcelona y recuerdo partidos bárbaros, como uno contra el Real Madrid, en el Bernabeu. Les ganamos 2 a 0 y yo hice un golazo, que es el día de hoy que siguen pasando, porque arranqué desde atrás de la mitad de la cancha, un contraataque fulminante; me salió el arquero, Agustín; lo pasé y encaré solo hacia el arco. Yo veía que por atrás me corría Juan José, que era un defensor petisito, de barba, rubio y con el pelo muy largo. Amagué a meterme con pelota y todo, lo esperé y, cuando llegó, enganché para adentro, casi sobre la línea. El tipo pasó de largo y se clavó con las piernas abiertas contra el palo. Uuuhhh, lo pienso y me duele a mí. Yo la toqué despacito al gol... El Bernabeu se levantó para aplaudirme.
Con el Flaco Menotti al frente, terminamos cuartos en la Liga. Pude jugar los últimos siete partidos y hasta ganamos la Copa del Rey. Encima, contra el Real Madrid de un grande, don Alfredo Di Stéfano. La cosa era tirarnos de cabeza a la Liga siguiente.

El equipo argentino posa para una foto antes de la victoria en los cuartos de final de la Copa Mundial de la FIFA 1986 contra Inglaterra en el Estadio Azteca el 22 de junio de 1986 en la Ciudad de México, México. Fila trasera de izquierda a derecha: Sergio Batista, José Luis Cuciuffo, Oscar Ruggeri, Nery Pumpido, José Luis Brown, Ricardo Giusti, Diego Armando Maradona. Fila delantera: Jorge Valdano, Héctor Enrique, Jorge Burruchaga y Julio Olarticoechea antes del partido de cuartos de final de la Copa Mundial entre Argentina e Inglaterra en el Estadio Azteca, Ciudad de México, México, el 22 de junio de 1986. Crédito: Getty Images.
Yo creía que, después de la hepatitis, no me podía pasar algo peor. Pero me pasó… Arrancamos perdiendo, pero eso no fue lo más grave. Lo más grave llegó en la cuarta fecha, cuando el Athletic de Bilbao fue a jugar al Camp Nou. Era un clásico contra los vascos, se jugaba con todo.
La historia es de novela, sí, pero bien real. Me pasó a mí, y todavía me duele…
Y la vuelvo a contar porque hay un personaje que fue fundamental en aquel momento y volvió a ser fundamental mucho más cerca del Mundial, cuando ya casi no había tiempo. Hablo del doctor Rubén Darío Oliva. El Tordo. O el Loco, con todo respeto. Él sabe que yo lo llamo así. Y lo tuve que llamar en aquel momento. Sí, cuando el Vasco Goikoetxea me fracturó.
Fue el 24 de septiembre de 1983. Me acuerdo de la fecha como si fuera la de algún gol importante. ¿¡Cómo me voy a olvidar si fue la peor lesión que sufrí en toda mi carrera!? ¡Lo que se pegaba en el fútbol español en esa época! Que no hubiera un fracturado por partido era un milagro. Siempre conté esa historia, la del pibe que fui a visitar al hospital porque lo había atropellado un auto y quería conocerme. Cuando me iba de la habitación, apurado, porque era el mismo día del partido contra el Bilbao, el pibe me gritó desde la cama que me cuidara, porque iban a ir por mí… A mí me corrió un frío por la espalda, viste, porque esas cosas te dan impresión. Pero estaba tan acostumbrado a que me pegaran que no tenía por qué ser distinto.
El partido estaba tranquilo para nosotros. Íbamos ganando 3 a 0 y Schuster lo había atendido a Goikoextea. Tenían una historia entre ellos, porque antes el Vasco lo había lesionado a él. La cosa es que el estadio se venía abajo, apoyando al alemán, y el otro se lo quería comer. Lo quería matar. Como lo tenía cerca, porque me marcaba a mí, le dije:
—Tranquilo, Goiko, serenate. Te vas a ganar una amarilla al pedo y van perdiendo 3 a 0…
No, no, no lo estaba cargando. Te juro que no. Yo hablaba así con mis rivales, sobre todo con los que me marcaban. Eso sí, estaba atento a lo que hicieran conmigo. Y aquella noche no lo vi venir, no lo vi venir. Si no, hubiera saltado.
La jugada se pasó mil veces por televisión y ahora la podés buscar en cualquier archivo. Yo fui a buscar la pelota hacia nuestro arco, casi a la altura de la mitad de la cancha. Llegué y la punteé hacia mi izquierda, con eso que ahora llaman control orientado, para girar y arrancar, que era lo que mejor hacía. Con el pique corto los mataba a los defensores.
Pero apenas apoyé el pie izquierdo para girar y salir, sentí el golpe. Te juro, fue el mismo ruido de una madera cuando se rompe. Lo sentí. Y todavía la siento, tal cual. El primero que llegó, me acuerdo, fue Migueli…
—¿¡Cómo estás, cómo estás!? —me gritaba.
—Me rompió todo, me rompió todo... —le contesté llorando.
«Yo creía que, después de la hepatitis, no me podía pasar algo peor. Pero me pasó… Arrancamos perdiendo, pero eso no fue lo más grave. Lo más grave llegó en la cuarta fecha, cuando el Athletic de Bilbao fue a jugar al Camp Nou. Era un clásico contra los vascos, se jugaba con todo».
Me llevaron al hospital directamente desde el Camp Nou en una camionetita que hoy te daría vergüenza. Ni ambulancia era. Y cuando me metieron en la habitación lo único que quería saber era cuándo iba a volver a jugar. Si iba a volver a jugar… Al rato cayó el Flaco Menotti. Se asomó y, con esa voz de faso que tiene, me dijo: «Usted se va a recuperar pronto, Diego. Y ojalá que su sufrimiento sirva para algo, para que se acabe esta violencia». Es que se jugaba violento en serio, en serio.
Y cuando vino González Adrio, que era el médico que me iba a operar, le dije: «Quiero volver pronto, doctor. Haga lo que tenga que hacer, pero quiero volver pronto».
Claro, para eso iba a necesitar de las manos del mago. Del Tordo. Del Loco. Sí, de Oliva. Se fue a Buenos Aires conmigo. Lo llamé, porque él vivía en Milán, y se apareció enseguida. Muchas veces lo había hecho. Por cualquier pavada, una contractura, un dolorcito. Así que imaginate por esto. Es más: si esa noche hubiera llegado a tiempo, a mí no me operaban. Estoy seguro. El tipo tenía una mano que era capaz de curarte una fractura sin cirugía.
Lo vuelvo a contar ahora, insisto, porque el tipo fue fundamental para el Mundial que yo tuve. Aquella vez le hizo un desafío a González Adrio.
—Si dentro de quince días le hacemos una radiografía y se notan ya las primeras sombras de la soldadura del hueso, el tratamiento de recuperación lo sigo yo, con mi estilo. Si no, se lo dejo a usted —le dijo.
—Por supuesto —le contestó el gallego, que daba por descontado que iba a pasarme seis meses sin poder pisar.
Antes de los quince días, yo puse mi tobillo en las manos de ese sabio. Me sacó el yeso, me hizo la radiografía, y me dijo:
—Pisá. Lo vuelvo a contar y vuelvo a sentir miedo.
—¿Qué? ¿Está loco?
Pero pisé. Y no me dolió.
Una semana después fuimos a hacer la prueba con González Adrio. Y casi se cae de culo cuando me vio llegar en muletas, pero sin yeso. «Téngame, doctor, por favor», le dije. Le di las muletas y bajé caminando una escalera.
Por supuesto, Oliva ganó la apuesta y yo volví a Buenos Aires a hacer la recuperación. A los 106 días estaba jugando de nuevo, contra el Sevilla. Le ganamos 3 a 1 y metí dos goles. El Flaco Menotti me sacó antes del final y recibí una de las ovaciones más grandes que recuerde en toda mi carrera. Yo se la dediqué a Oliva, porque gracias a él mi tobillo seguía siendo mi tobillo. ¿Sabés que él me explicó que yo dominaba mejor la pelota porque mi tobillo tenía un giro más amplio de lo común?
Bueno, gracias a su trabajo, no lo perdí. Yo estaba intacto gracias a él. Y tampoco iba a perder otra cosa, pero eso iba a ser más adelante, más cerca del Mundial. Antes me iba a mudar…
Más libros relacionados
Gloria, caída y renacimiento del rugby argenti...
El chico que siempre llegaba tarde [y hoy es el...
La historia completa

