«Echo de menos mi vida. Echo de menos mi Gaza»: la guerra a ojos de Plestia Alaqad
En octubre de 2023, la palestina Plestia Alaqad acababa de graduarse y soñaba con ser una periodista de éxito. Poco más de un mes más tarde, las publicaciones en las redes sociales en las que narraba cómo era su día a día en plena invasión israelí la habían convertido en «los ojos de Gaza» y conmovían cada día a millones de personas de todo el mundo. Este diario, que comienza antes del primer bombardeo y termina con el alto el fuego de enero de 2025, cobra ahora forma de libro: «Los ojos de Gaza. Un diario de resiliencia» (Debate, septiembre de 2025) recoge los horrores de aquella experiencia. Mientras las bombas llueven a su alrededor, Plestia es testigo de las emociones, de su comunidad, de sus generosos actos heroicos y de los momentos de inesperada ternura y vulnerabilidad en medio del caos. Colocando en primer término la honestidad y la vulnerabilidad de una mujer de 21 años en mitad de una tragedia humanitaria, este libro es un valioso recordatorio de los horrores de la violencia y un increíble testimonio de la resiliencia humana. A continuación, LENGUA publica las entradas escritas entre el 17 y el 20 de noviembre de 2023 —los días 42, 43, 44 y 45 de la invasión israelí—, apenas una muestra de esta íntima y delicada carta de amor a su hogar: demolido ante sus ojos, pero siempre vivo en su corazón.
Por Plestia Alaqad

Gaza, 1 de septiembre de 2025. Civiles palestinos hacen fila durante horas para recibir alimentos en el campo de refugiados de Nuseirat, en el centro de Gaza. La distribución es compleja debido al bloqueo israelí sobre la Franja. Crédito: Getty Images.
VIERNES 17 DE NOVIEMBRE (DÍA 42)
A las criaturas suelo preguntarles qué es lo que más extrañan de su vida anterior al 7 de octubre. Como respuesta suelen hablarme de las clásicas cosas inocentes: mis amigos, mi colegio, mi casa. Hoy me estoy haciendo esta pregunta a mí misma sin encontrar respuesta. No puedo elegir una sola cosa que echar de menos. Lo echo todo de menos. Literalmente, todo.
Echo de menos dormir.
Echo de menos acostarme en mi cama.
Echo de menos despertarme en mi cama.
Echo de menos mis rutinas de la mañana y de la noche.
Echo de menos tener un armario lleno de ropa y quejarme de no tener nada que ponerme.
Hasta mi diario echo de menos.
El de verdad, no este cuaderno feo.
Aunque de todos modos agradezco haberlo encontrado.
Echo de menos el té con mamá, y echo de menos dar ese tiempo por sentado.
Echo de menos pelearme con mi hermana por entrar primero a la ducha.
Echo de menos a Dana.
Echo de menos ver jugar a los niños.
Echo de menos mi casa.
Echo de menos mi vida.
Echo de menos mi Gaza.
Echo de menos una vida que ya no es más que un recuerdo.
Sobre todo, echo de menos sentirme segura.
A veces creo que jamás volveré a sentirme segura.
Es curioso las cosas que un Genocidio cambia en una persona. Si hubiera escrito esto antes del 7 de octubre, lo habría leído y me habría censurado: «¿Y tú quién te crees, una aspirante a poeta?». Pero dado que quien lo escribe es la Plestia del Genocidio, es perfecto. ¿Cómo podrías impostar algo en medio de todo esto?
Ver más
SÁBADO 18 DE NOVIEMBRE (DÍA 43)
Entres mis amistades solíamos tener el debate de si una persona puede dar realmente algo que no tiene. Ahora creo que ya no hay debate. La gente de Gaza necesita más esperanza que nadie, pero no dejan de dármela en abundancia. Hoy puedo afirmar con certeza que quien más necesita algo es quien con más generosidad lo entrega.
He tenido días en los que he estado a punto de hacer crac, y de pronto ha venido algún chiquillo a darme un poco de agua o un caramelo y me ha devuelto la fe en la vida, he sentido de nuevo que sí vale la pena seguir viviendo. Si ese niño al que le han arrebatado todo aún es capaz de mostrar bondad y compasión, yo también puedo.
Los israelíes han matado a mi amigo Ali. Lo he visto en Instagram esta mañana. Ali era mucho más que el camarero de Bellini, el restaurante al que iba siempre antes del Genocidio. Ali era amigo de todo el mundo. Siempre se acordaba de lo que tomabas y tenía una sonrisa que podía iluminar el espacio entero. Lo conocía desde hace más de diez años. El restaurante fue cambiando de ubicación, pero él se quedó siempre, una presencia constante. Cuando volví de mis tres años en Chipre, allí seguía, esperándome. Ali era mítico en Gaza, una figura querida y apreciada por todo el mundo.
El único consuelo ante la noticia de su muerte es la cantidad de historias que han aparecido por todas partes celebrando su vida. En Gaza todos conocíamos y queríamos a Ali, y da la sensación de que todos estamos de luto por su pérdida. Pasar colectivamente el duelo es como un abrazo reconfortante. Me recuerda lo pequeña que es esta ciudad, lo unida que está nuestra comunidad. Es asombrosa la fuerza que puede tener el amor de un sitio tan pequeño.
El mundo a veces nos contempla como si fuésemos terroristas, intentando justificar su complaciente actitud ante nuestra masacre. Y claro que nosotros sabemos lo que piensan, leemos la propaganda como todos los demás. Pero la verdad es todo lo contrario.
En Gaza nadie es solo un número. Aunque perdamos a más personas de lo que puede soportar nuestro corazón, cada una de ellas es recordada, amada y llorada. Porque así desearías que fuera si te pasa a ti, y es lo mínimo que merece cualquier ser humano.
DOMINGO 19 DE NOVIEMBRE (DÍA 44)
Hoy es otro día triste. Nos hemos quedado sin gasolina, así que no podemos ir a ninguna parte a hacer nuestro trabajo. Ser periodista ya es difícil…, pero Israel se las arregla para hacerlo aún más imposible.
Y aunque estoy en casa de mi familia extensa, está empezando a pesarme mucho no estar en la mía. Necesito recuperar mi espacio. Siento que me ahogo, y ahora no poder salir lo pone todo peor. ¿Qué se supone que debería hacer hoy? ¿Contemplar simplemente la tristeza en los ojos de todos? ¿O llorar por fin todas las lágrimas que no he derramado? (Pero sin que se te oiga, recuerda, para no perturbar el zumbido constante de los drones). Querría gritar todo lo que siento, pero es un privilegio que no tengo.
Al menos estoy pudiendo ver lo que hace el resto de la gente durante un Genocidio. Mi teta se pasa casi todo el día rezando. Divide su tiempo entre leer el Corán y quedarse mirando al vacío, en silencio. Sé que está pensando en su casa y que echa de menos su tele. ¿Y tu abuela? ¿Qué ha hecho hoy?
Mi madre lee para pasar el rato —40, de Ahmad al-Shugairi—, pero no creo que lo esté disfrutando. Hay un momento en el que se pone a lavar ropa. De pronto me acuerdo de cuando solía ir a verla al trabajo, a su oficina de directora de secundaria en la American International School. Ahora mi madre está desplazada, en casa de sus suegros en Khan Younis, sentada en el balcón con una pila redonda azul de lavar como compañía. Me ofrezco a ayudarla, pero me dice que no.
Mi hermana sí está haciendo algo: está ayudando a mi tía a hacer pan, lo cual ya es toda una revelación. Aunque en realidad creo que está allí más por la charla.
Y yo… Yo sigo intentando asimilar lo impredecible que es la vida. El año pasado, por estas mismas fechas, estaba viviendo tranquilísima en mi casa en la ciudad de Gaza, llevando esa típica vida de posgraduada en la que te pasas la mitad del tiempo intentando decidir qué hacer con tu vida y la otra mitad viendo la televisión y quedando con otros posgraduados que hacen como si no se pasaran medio día viendo la televisión. ¿Y ahora? Ahora estoy aquí, desplazada.
Creo que en el mundo somos aproximadamente ocho mil millones de personas. No puedo comprobarlo porque no tengo internet. Cada una de esas personas está experimentando el día de hoy de forma única y exclusiva. Pienso en esa mujer que está ahora quejándose de su trabajo, en el niño que lloriquea ante su madre porque no quiere ir a la escuela. ¿Cómo se sentirían si vieran Gaza? Es curioso pensar que la vida de la que una persona se queja puede ser la vida soñada de otra.
Voy a intentar dormir y a desear que Mohamed encuentre algo de gasolina para que mañana podamos salir a trabajar. El otro día mencionó algo sobre unas bicicletas. Pero ¿cómo voy a ir por ahí en bici con el chaleco y el casco puestos? A estas alturas estoy casi segura de que ambas cosas están hechas del mismo material que el martillo de Thor.

Plestia Alaqad. Crédito: cortesía de la autora.
LUNES 20 DE NOVIEMBRE (DÍA 45)
Quizá lo mejor sería suicidarme antes de que las FOI me conviertan en su objetivo y me maten.
No tengo tendencias suicidas. Nunca he dicho algo así en voz alta y no creo que lo haga jamás. Pero lo que está pasando me está desquiciando.
A veces me pongo a darle vueltas a la idea de que morir por Palestina sería un honor. Otras empiezo a preocuparme por la posibilidad de convertirme en un objetivo, sufrir un ataque y sobrevivir, pero desmembrada. Y me imagino que se quedan enterradas mi pierna o una mano, y el resto de mi cuerpo sigue viviendo. Ese pensamiento duele, así que trato de esquivarlo, sobre todo antes de dormir.
Ayer las FOI mataron a Belal Jadallah. Estoy aún en fase de negación. Para mí, Belal ha significado muchísimo, tanto en lo personal como en lo profesional. Antes del Genocidio, en la época en las que hacía prácticas y talleres en Press House-Palestine, Belal era mi mentor, la primera persona a la que iba a contarle mis logros y la primera a la que acudía cuando necesitaba consejo.
Siempre he considerado que el periodismo es una profesión noble, lo que nunca hubiera imaginado es que ser un periodista palestino es un delito. Siempre que veo alguna noticia sobre que han matado a un periodista o han atacado a su familia, me pregunto si la siguiente será la mía. Mi madre ha empezado a pedirme que deje el chaleco de prensa en el coche con Mohamed y Hatem, que no lo traiga a casa. Tiene miedo de que el chaleco y el casco llamen la atención. Obviamente, entiendo su temor, pero me enferma que este sea el mundo en el que estamos viviendo. Toda mi vida he soñado con vestir distintivos de prensa. Ahora tengo que esconderlos como si fuera una criminal ocultando las pruebas el delito. Solo que mi único delito es existir.
Que Israel tuviera a Belal en su punto de mira no es inconcebible, pero creo que en mi cabeza yo daba por hecho que él siempre iba a estar, y ahora ya no está. No quiero escribir sobre él en pasado. No quiero decir «era» en lugar de «es». Ya no está, y yo quiero que esté.
Tenía tantas ganas de poder ir a Press House cuando acabase el Genocidio y enseñarle todo mi trabajo, todos mis logros. Creo que se habría sentido orgulloso de mí. ¿Qué sentido tiene llevar casco y chaleco de seguridad? Ya no quiero usarlos, no son ninguna protección, es como llevar puesta una diana gigante. Israel tiene a los periodistas en su punto de mira. Y a los médicos. Y a los abogados. Y a los ingenieros. Básicamente, a cualquiera que pueda contribuir a reconstruir Gaza en el futuro.
¿Cuánto falta para que me señalen a mí?

