Caballos lentos (Serie Slow Horses 1)
Los thrillers en los que se inspira la serie de...
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Desde la muerte de John le Carré -el autor contemporáneo de novela de espías más célebre y el único capaz de hacer sombra a clásicos como Ian Fleming, Somerset Maugham, Graham Greene o Eric Ambler-, se le ha buscado heredero sin descanso. Y aunque se han barajado numerosos nombres, hoy parece fuera de toda duda que Mick Herron (Newcastle upon Tyne, 1963) es el aspirante más digno de llevar su corona. Cada uno posee, desde luego, un universo y un estilo propios, pero algo los hermana: ambos han sabido concebir un conjunto de reglas decisivas para dotar de personalidad a su obra.
Por Antonio Lozano

Mick Herron en Barcelona en febrero de 2026. Crédito: Xavier Torres-Bacchetta.
En muchas de las novelas de espionaje del gran maestre John Le Carré -«ningún autor británico que se dedique al género -ha declarado Mick Herron- puede negar que él estableció buena parte de los parámetros a partir de los cuales hemos ido desarrollando nuestros propios libros»- se fueron desplegando un conjunto de normas, directrices y protocolos de actuación que los agentes de Inteligencia británicos debían seguir al pie de la letra para minimizar riesgos en su labor diaria en la URSS. Bautizadas como «Moscow Rules» (Las reglas de Moscú), estas ponían el acento en no olvidar en ningún momento que uno se movía en territorio hostil y que estaba siendo observado; una combinación de peligro siempre latente y de vigilancia ininterrumpida que invitaba a la adopción de una actitud paranoica, hacer caso al instinto, practicar el autocontrol y la prudencia, y desconfiar de todos, entre una amplia variedad de recursos tácticos, defensivos y de supervivencia.
Cuando en el año 2010 Herron publica Caballos lentos, arranque de su ciclo dedicado a La Casa de la Ciénaga -organización a la sombra del MI5 y el MI6, conformada por un conjunto de espías caídos en desgracia-, ya hace mucho que ha caído el Telón de Acero y la labor del espía ha atravesado cambios muy profundos, entre ellos la irrupción de una tecnología crecientemente sofisticada que ha reducido muy significativamente el trabajo sobre el terreno. Sin embargo, desde ese título fundacional, el discípulo aventajado quiso hacerle un guiño al autor de El espía que surgió de frío deslizando sus propias «reglas de Londres», una serie de códigos y procedimientos no escritos que trascendían al mero ámbito del espionaje para abarcar al conjunto de las esferas de poder que tenían su epicentro en la capital británica. Recurriendo a una expresión vulgar en homenaje a Jackson Lamb, el borrachuzo, malhablado y cínico jefe de ese hatajo de almas en pena empecinadas en neutralizan cualquier asociación del espía con una figura heroica, diremos que estas reglas se sintetizaban en «salva tu propio culo».
Caballos lentos fue escrita al abrigo del Brexit, momento en que al escritor se le hizo más evidente que nunca que «los políticos del Reino Unido sólo miran por sus intereses a la hora de medrar, que la población se las traía al pairo y que si algo fallaba se cuidarían mucho de desviar responsabilidades», según declaró en una entrevista a LENGUA. Precisamente Las reglas de Londres fue el quinto título de una serie con la que su responsable asegura haberse propuesto reflejar el modo en que «durante la última década está búsqueda de los intereses particulares y del ejercicio de lavarse las manos cuando algo sale mal no ha hecho más que crecer tanto en el ámbito político como en el empresarial». Al hilo de la salida de Las horas secretas, una novela independiente pero en la que los fans detectarán episodios conectados al pasado turbulento de algunos de los miembros de la Casa de la Ciénaga, y puesto que el espionaje no deja de ser un juego -arriesgado, peligroso, a veces letal, pero un juego-, nos proponemos jugar a desentrañar las reglas de Herron, sus objetivos y recursos a la hora de tirar adelante el proyecto literario que más ha hecho por actualizar y (re)popularizar el género. Una larga charla, realizada en Barcelona durante la celebración del festival BCNegra 2026 en el que el novelista fue galardonado con el Premio Pepe Carvalho, sirvió de base para la elaboración de estos quince puntos que condensan sus intenciones y método.
Todos llevamos un espía dentro
«Uno puede disfrutar mucho de una novela negra, pero no haber cometido jamás un delito. La novela de espionajes, en cambio, nos refleja sin excepciones porque todos hemos engañado, mentido, manipulado u ocultado en algún momento. Hacerlo forma parte del tejido de nuestras vidas, de la esencia de la condición humana, es el resultado de nuestras interacciones con los demás».
Muestra el desamparo y la rabia
«Todas las estructuras de poder, y muy especialmente las instituciones políticas, invitan al cinismo y al desencanto porque no son de fiar y tienden a abusar de sus privilegios. La población civil se muestra ya igual de descreída que los espías y los novelistas consagrados al género».
Qué revelar y qué disfrazar
«Uno de los pilares del género es la tensión entre versiones oficiales y verdades ocultas. La paradoja es que a veces el secreto debe permanecer oculto por un bien mayor, por ejemplo, la seguridad o la estabilidad nacional. Además, me gusta que a veces el lector vaya por delante de los personajes, incluso que esté más cerca de la verdad».
La imperfecta condición humana
«Escribir sobre espías es hacerlo sobre traición, ser un espía es persuadir a alguien para que traicione algo en lo que cree (aunque también cabe la posibilidad de que ya haya dejado de creer en ello). Uno no puedo aproximarse a esto con una visión candorosa de la naturaleza humana sino desde la presunción de que todos tenemos puntos débiles y somos corrompibles».
Adiós al héroe
«Escribo sobre el fracaso, sobre gente que ha caído en los márgenes, porque el heroísmo te exige una cierta convicción o fe en que el bien se acabará imponiendo. Explorar la tristeza y la derrota es mucho más interesante que hacer lo propio con la felicidad y la eficiencia. Hoy en día, incluso las películas de superhéroes o la franquicia cinematográfica dedicada a James Bond adoptan una visión irónica y muestran la fragilidad y la desconfianza en las figuras heroicas».
Basta con creérselo
«Aunque busco que los trasfondos políticos sean plausibles, mi visión del mundo del espionaje y de sus actores es pura fantasía. Mi misión es construir un mundo que el lector pueda creerse, no uno que se corresponda o se acerque a la realidad. Incluso pongo por delante un estilo atractivo que la fidelidad a los hechos».

Mick Herron. Crédito: Xavier Torres-Bacchetta.
«Fun, fun, fun»
«Mi prioridad absoluta es el entretenimiento, que el lector disfrute con la historia y con los personajes».
Divinas criaturas
«La psicología, el retrato de los protagonistas, es para mí más relevante que la trama. Uno de los aspectos que más disfruto desarrollando es el vínculo entre rivales; a tu enemigo necesitas entenderlo, acercarte lo máximo a él».
Margen de maniobra
«Soy un escritor muy intuitivo, poco dado a la planificación detallada. Tener todas las bases cubiertas de antemano convertiría la escritura en un proceso muy tedioso y desembocaría en un libro falto de vida. Necesito de cierto espacio para la improvisación».
Más voz que voto
«Mis libros no nacen con ninguna voluntad política concreta. Sin embargo, mis narradores filtran juicios políticos de forma recurrente y mis personajes se ven afectados sin descanso por las decisiones gubernamentales. Digamos que el apunte o la crítica política yacen en el tono más que en el contenido. No hay que olvidar que los novelistas hablamos de una forma abstracta sobre asuntos como la integridad y la corrupción; son los periodistas quienes señalan a los culpables y tiene pues un papel activo y directo en la obtención de justicia».
Reír para no llorar
«El sentido del humor es un mecanismo de defensa, un escudo, contra los males del mundo. Se dice que los que trabajan en los servicios de emergencia, y que tratan pues diariamente con muertos y heridos, son los que poseen el humor más negro. Mis espías, unos pobres diablos, recurren a él para enfrentarse a la incomodidad, el dolor, el aburrimiento y la frustración de su día a día. Su situación era tan miserable que de haberla reflejado sin más me habrían salido unos libros patéticos. Y no olvidemos que encontrar formas imaginativas de insultar a un compañero de trabajo irritante mitiga un poco las ganas de estrangularlo».
Pesadilla en la oficina
«Con La Casa de la Ciénaga quería centrarme en las tensiones que se generan en el seno de toda organización, en cualquier ámbito laboral comunitario, donde las directrices de arriba y los protocolos generales indefectiblemente entran en conflicto con los intereses, ambiciones y debilidades de carácter individual. Mis espías detestan su lugar de trabajo y lidian con compañeros insufribles y un jefe maltratador, y aunque sus penas y grado de resentimiento están llevados al límite, muestran la crudeza y la grisura de la tantísimos ámbitos burocráticos y empresariales».

Mick Herron. Crédito: Xavier Torres-Bacchetta.
Lo último que se pierde es el código moral
«De Jackson Lamb me atrae el modo en que la persona que proyecta exteriormente -su falta de tacto, el que parezca que todo le importa tres pimientos, que sólo quiere que lo dejen en paz para beber, fumar y sumirse en el olvido- oculta un código moral que de hecho siempre ha estado ahí. Este se resume en proteger a su equipo, no porque sus miembros le caigan bien o sienta estima por ellos, sino porque respeta el papel que cumplen como espías y porque sabe que la prioridad de un jefe es cuidar de sus agentes. Lo veo al modo de un oficinista al que han promocionado a labores de gestión, pero que su lealtad permanece con los cuadros bajos, y los defiende a muerte porque se identifica poderosamente con lo que representan, y porque él también ha sido objeto de las mismas decepciones y bajezas por parte de los altos mandos».
Arriba lo analógico
«Poner el foco en este hatajo de fracasados de los que no se fía nadie me ahorra tener que dotarles de una tecnología puntera. A esto se suma que el grueso de las labores de inteligencia se lleva a cabo actualmente con ordenadores y creo que reflejarlo sería soporífero a la hora tanto de escribir como de leer».
Podar
«Una de las principales lecciones que me ha servido la práctica de la escritura es que eliminar páginas y pulir sólo trae beneficios a la historia. La revisión ha ido ganando más y más peso en mi proceso creativo».
Extra: «Las horas secretas», nadie está limpio del todo
Mick Herron lleva una larga trayectoria a sus espaldas combinando el estudio de la condición humana en el contexto de amenazas, peligros y traiciones consustanciales a los servicios de inteligencia con un análisis de los contextos políticos, sociales y culturales que condicionan la labor de los agentes implicados, a la par que acudiendo a la actualidad informativa como fuente de inspiración. Todo esto se combina en su última novela, Las horas secretas (Salamandra, 2026), donde los desencuentros entre el gabinete gubernamental y el MI5 se traducen en una comisión de investigación que el primero pone en marcha con la intención de destapar posibles malas praxis en el seno del segundo. «En otras palabras, abrid las puertas, levantad las alfombras... y mostradnos los esqueletos que guardáis en los armarios». Una vendetta en toda regla -la mala gestión y los desmanes del primer ministro, que cualquier lector reconocerá, fueron recibidos con clara hostilidad por el cuerpo-, pero que el MI5 sabrá torpedear sistemáticamente. Sin embargo, los viejos fantasmas siempre acaban por resucitar, y la filtración de un informe secreto amenazará con provocar un terremoto cuando ya se ha desmantelado el operativo para fiscalizar al organismo.
A partir de aquí, Herron se mueve con su magisterio de costumbre para poner en circulación los temas que han caracterizado su obra: las identidades fluidas, las operaciones encubiertas, la corrupción de las altas esferas, la vigilancia estatal, los dilemas morales, las heridas abiertas, los peones a sacrificar, lealtad versus traición, los secretos enterrados, la manipulación, la mentira y la negación como manual básico de actuación para cualquiera con poder, y la o el desafío que supone mantener la entereza e integridad en un mundo implacable y podrido. El autor coloca el foco en un oscuro episodio en un Berlín en el que la sombra de la Guerra Fría no se ha diluido del todo, pese a hallarnos en 1994. La onda expansiva de aquella crisis, que el lector irá descubriendo poco a poco, llega hasta el presente, poniendo de nuevo en peligro varias vidas y con el riesgo de que los que se mancharon las manos de sangre tapen para siempre sus pecados.
En paralelo, la voluntad política de privatizar el proceso de comprobación de las historias personales de los espías añadirá más leña al fuego. Todo el mundo juega un papel a la luz del día, pero cuando llega el momento de rendir cuentas con los crímenes cometidos en las horas secretas, caen todas las máscaras. Como queda resumido en un pasaje de la novela: «Para llevar esa vida, para sobrevivir mientras finges ser otro, has de hacer tantas componendas, contar tantos embustes, que nadie llega a estar limpio del todo. Siempre habrá traiciones, y siempre habrá quien salga malparado. Incluyendo a personas de tu propio bando. Para tener éxito, el espía ha de tenerle cariño al enemigo, todo se reduce a eso».
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