John Banville: «Vivimos de ilusiones, como si nunca fuéramos a morir»
John Banville suma y sigue con su prolífica (y trepidante) producción literaria con «Nocturno de Venecia» (Alfaguara, 2026), una inmersión fantasmagórica en los bajos fondos de la ciudad de los canales donde la frustración vital y el ansia de trascendencia se dan de bruces con la traición.
Por Carmen Cocina

John Banville en Roma, Italia, en marzo de 2022. Crédito: Getty Images.
¿Qué tiene Venecia que nos vuelve locos? Mucho, pero que mucho antes de la democratización del viajar (y sus efectos colaterales), la Ciudad de los Canales era casi tan célebre por sus góndolas como por las hordas de turistas que se abrían paso a maletazo limpio en la Estación Central, frente al puente Rialto, para hacinarse en el vaporetto que les permitiría contemplar ambas orillas del Gran Canal en lo que se adivinaba como una lucha en toda regla por el espacio vital durante unos días de asueto más concurridos de lo deseado, pero igualmente inolvidables, tal como inmortalizara Katherine Hepburn en Locuras de verano (1955). Y es que Venecia siempre tuvo un precio. En el caso de Nocturno de Venecia (Alfaguara), la última novela ¿negra? de John Banville, la idealización de la ciudad que año tras año hace de ella uno de los destinos más visitados del mundo salta por los aires: la Venecia de Banville es inhóspita, ambigua, taimada y amenazante, espectral y cruel; un sumidero donde los fantasmas propios cobran vida, saliendo de los recovecos del subconsciente para asomarse, burlones, por las ventanas de los palacios. Así es, al menos, como la ve Dolman, escritor frustrado, hombre títere y narrador de la historia: embelesado en un enamoramiento cuya reciprocidad no osa poner en duda y dividido entre la frustración del perdedor y el anhelo de trascendencia, entre la furia del despechado y el remordimiento de quien se sabe culpable, nuestro protagonista se sume en una especulación febril que lo hace oscilar entre la lógica más despiadada y la paranoia, maleando y refutando una y otra vez sus malos augurios en un círculo vicioso que parece no tener fin y que amenaza con dilapidar su cordura y su destino. Con un panel de secundarios con intereses espurios que desempeñarán su (evidente) papel en esa debacle, Banville arma una intriga palaciega de traiciones y lealtades en el amanecer del siglo XX, donde este monstruo de siete cabezas en que acaba convirtiéndose la ciudad italiana es, más que un telón de fondo, el auténtico catalizador de la narración. Veni, vidi, perdidi.
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LENGUA: ¿Qué le llevó a escribir esta intriga palaciega sobre un aspirante a escritor frustrado ambientada en una Venecia fantasmagórica y opresiva?
John Banville: No lo sé. Nunca recuerdo dónde empieza un libro, siempre me parece que simplemente está en marcha. Siempre he querido escribir una historia erótica y una historia de fantasmas, y creo que con esta novela he hecho un poco las dos cosas. No es ni lo uno ni lo otro, pero en ella hay elementos tanto fantasmales como eróticos. Y quería escribir sobre Venecia, adonde llevo yendo desde que era adolescente. Voy todos los años porque formo parte del jurado de un premio literario, así que me envían allí un par de días cada enero, que es la mejor época posible para estar en esta ciudad. Todavía hay miles de turistas, pero no tantos como en verano. En esa época Venecia está en su mejor momento porque es un lugar muy siniestro y fantasmal. Nunca me siento a gusto allí, siempre siento que la propia ciudad me está observando.
LENGUA: La identidad dividida del protagonista es bastante inquietante: desde el momento en que pone un pie en esta ciudad se siente al mismo tiempo deprimido y exultante, culpable y triunfante: es pura contradicción. ¿Por qué quiso crear este tipo de personaje?
John Banville: Uno de los problemas del libro es que todos los personajes son horribles. No hay ni uno solo que resulte simpático. Mi difunta esposa me habría dicho: «John, por fin lo has conseguido. Has escrito un libro en el que todos los personajes son odiosos». Pero no era mi intención. Como digo, la atmósfera de Venecia siempre me ha parecido siniestra, oscura y amenazante, y no podía ambientar allí un libro que no lo fuera también. Por otro lado, el protagonista es idiota. No sabe lo que está pasando y, al final, paga un gran precio por lo tonto que ha sido. Pero no aprende nada de ello: seguirá siendo tan idiota como siempre. Y eso me gusta.
«Una novela no se parece en nada a la vida: en ella hay un principio, un desarrollo y un final, y podemos soltarla cuando queramos. En la vida, en cambio, no recordamos nuestro nacimiento y no experimentamos nuestra muerte. Lo único que tenemos es el caos de en medio».
LENGUA: Dolman cree que todos sus conocidos de Venecia, empezando por su mujer, le están ocultando algo, y durante gran parte de la novela apenas sabemos si tiene razón o no. ¿Cómo creó esa tensión entre la duda razonable y la paranoia?
John Banville: ¿Cómo creé la tensión? Debió de ser porque soy un genio. No me propuse convertirla en una novela policíaca, ni una historia de misterio, pero acabó siendo así. Me gusta la idea de este pobre tipejo, Evelyn Dolman, cuyo nombre encierra un juego de palabras poco traducible al español. Evelyn es un nombre ambiguo: puede aplicarse tanto a un hombre como a una mujer. Y Dolman, que suena como doll man («hombre muñeca» en español) es un hombre que es una muñequita manipulada por la gente, que no se entera de lo que los demás están tramando. El espíritu que preside el libro es Henry James, que escribe maravillosamente sobre Venecia en diversos contextos. También me gusta la época de los años 1899 y 1900, cuando el mundo tal y como se conocía hasta entonces llegaba a su fin y otro nuevo estaba por llegar. No se trataba solo del cambio de siglo: el mundo europeo se había cansado de sí mismo y estaba a punto de sufrir grandes cambios y desmoronarse.
LENGUA: Dolman está profundamente enamorado de su mujer, aunque cree que ella le oculta algo importante. ¿Cree que el amor es ciego?
John Banville: No. Lo que pasa, lisa y llanamente, es que Evelyn Dolman es imbécil y se miente a sí mismo. Es un hombre muy vanidoso, cruel y miope que no ve más allá de sus narices. Y al igual que todos los hombres reacciona al erotismo, a que una mujer le diga: «Sé lo que quieres y puedo dártelo». Y no parece extrañarle que esta mujer que acaba de seducirlo no se acueste con él, ni que envíe a la criada para que lo haga. La ficción es una especie de juego superior, trascendente. Todos los novelistas juegan. Mi teoría es que los novelistas nunca han crecido, que somos como niños de ocho años que juegan con muñequitos y figuritas, moviéndolos de un lado a otro y viendo qué podemos hacer con este y con aquel. Pero no son más que muñecos, y ahora he hecho un libro con ellos. Y algo de lo que Evelyn Dolman no se da cuenta es que ha escrito una novela muy buena. Él cree que nos está contando una historia sobre sus problemas, pero al final lo que ha salido es una novela.
LENGUA: Dolman se pierde en un torbellino de pensamientos contradictorios, incluso opuestos, y por cada comportamiento sospechoso que detecta, por cada temor que lo asalta, se inventa al instante otra posibilidad que justificaría lo que está sucediendo, una y otra vez. Del libro se desprende, además, que esta especulación continua puede llevar a la locura...
John Banville: Pero él está bastante cuerdo. Lo cierto es que todos estamos locos de remate, así que, comparativamente, nadie lo está. Él es simplemente un hombrecillo con una visión muy limitada. No es capaz de ponerse en el lugar de los demás. No tiene imaginación, lo cual es una de las carencias más terribles que puede sufrir un ser humano. Así es como vivimos en el mundo: imaginamos a los demás para que existan. Caminamos por Venecia y nos cruzamos con decenas de miles de personas, y podrían ser autómatas, marionetas. Sin embargo, Dolman se topa con una de ellas, se enamora y convierte a esa mujer en una diosa, o en un demonio. Y no es ninguna de las dos cosas: no es más que un ser humano calculador, codicioso y despiadado. Esencialmente, es un hombre que ha sido víctima de un complot.

John Banville en Mantova, Italia, en septiembre de 2022. Crédito: Getty Images.
LENGUA: El miedo y la angustia son los principales sentimientos que Dolman experimenta a lo largo de la novela. Si la identificación con el personaje es la base de la narración, ¿por qué a la gente le gusta leer sobre personajes deprimentes o atemorizados?
John Banville: Lo que hagan los personajes da igual. Lo que la gente quiere es leer una obra bien escrita, que resulte convincente y perspicaz, que contemple el mundo con honestidad y sin espejismos, sin optimismo ni pesimismo. Esas palabras deberían eliminarse del diccionario, no significan nada. Seamos optimistas o pesimistas, el mundo seguirá siendo igual. Pero Dolman no sabe hacer eso. Es un mediocre encerrado en sí mismo. Un ególatra, pero no en el sentido en que lo son los verdaderos artistas, porque ellos se imaginan a sí mismos en el mundo, e imaginan el mundo en sí mismos. Dolman, no. Nunca podrá ser más que un escritor de tres al cuarto. Debería sentir lástima por él, pero no es así, porque se niega a esforzarse por mirar el mundo que tiene fuera. Conozco a mucha gente así, y en mi opinión son las personas más desafortunadas del mundo, las que son incapaces de ver lo que tienen alrededor y están constantemente con el «yo, yo, yo, yo, yo», lo que tiene muy poco interés.
LENGUA: Con todo lo que cuenta Dolman parece que la novela nos da pistas sobre lo que va a pasar, empezando por su misterioso sueño de una habitación con una mesa, un trozo de tela de seda y un horizonte de agua más allá de la ventana. ¿Qué papel desempeña esta anticipación a la hora de construir una novela negra?
John Banville: ¿Tú crees en este sueño? Yo estoy convencido de que se lo inventó. No creo que existan los sueños proféticos, aunque mi mujer tuvo uno sobre algo que ocurrió en público aquí en Irlanda tres días antes de que sucediera. Algo muy inquietante. Vivimos en un mundo muy extraño, y eso que creíamos que lo conocíamos. Isaac Newton y los grandes científicos del siglo XVIII decían: «El mundo es una máquina. Y si conoces las coordenadas del presente, puedes saber cómo será dentro de tres millones de años». Luego llegó Einstein y más tarde la física cuántica, y nos dimos cuenta de que vivimos en un mundo extrañísimo. No sabemos qué está pasando. La mecánica cuántica socava todo lo que creíamos saber sobre él. El pobre y viejo Evelyn Dolman ni siquiera ha llegado aún a ese punto, pero se da cuenta de que lo que vemos no es necesariamente lo que hay. Cuando esa mujer intenta seducirlo en la catedral de San Marcos no está seguro de quién es. Vive en un mundo de incertidumbre, pero es tan engreído que cree saber exactamente lo que está pasando. La gente como él siempre acaba mal, porque están absortos en sí mismos. No miran hacia fuera. Así que recibe su merecido. En el momento en que os cuenta su historia ya se ha dado cuenta de que ha fracasado, pero hasta poco antes pensaba que iba a ser un artista de renombre, un escritor de antología.
«Conozco a mucha gente así, y en mi opinión son las personas más desafortunadas del mundo, las que son incapaces de ver lo que tienen alrededor y están constantemente con el "yo, yo, yo, yo, yo", lo que tiene muy poco interés».
LENGUA: Hay una teoría que dice que temer que algo salga mal acaba provocando que eso suceda, ya que cuando tratamos con otras personas nuestro comportamiento influye en gran medida en lo que pasa. ¿Qué opina de eso?
John Banville: Vivimos de ilusiones, como si nunca fuéramos a morir. Si nos repitiéramos constantemente que llegara el día en que nos iremos al otro mundo, no haríamos casi nada. Tenemos que vivir en un sueño de realidad, precioso y fascinante. Es maravilloso estar vivo. Hemingway dijo: «¿Cómo podemos vivir sabiendo que vamos a morir?». Se lo comenté a una amiga mía y ella me respondió: «Sí, pero ¿cómo no vamos a vivir sabiendo que vamos a morir?». Lo cual es igualmente cierto. A Evelyn Dolman le han traicionado. Lo ha perdido todo en su vida. Pero, ¿sabes?, podría escribir una secuela en la que se recupera y se forja una vida. Quizá aprenda algo. Quizá se case con una chica, tenga tres hijos en una casita en las afueras y sea feliz con lo que tiene. Los seres humanos somos extraños. Creemos que sabemos lo que está pasando, que somos conscientes en el presente, pero no es así. Solo somos conscientes del pasado. El presente no existe. ¿Qué es el presente? Es un clic, clic, clic, clic, clic, clic, clic. Es después de ese clic cuando le damos forma. Lo cierto es que vivimos en el pasado, a la espera del futuro, en un presente inexistente.
LENGUA: La traición es fundamental en la novela. ¿Por qué cree que tantos escritores, desde la Antigua Grecia hasta Shakespeare y tantos otros, han hecho de ella el tema principal de sus obras?
John Banville: Porque está en la propia naturaleza del ser humano traicionarse unos a otros. Hay quienes viven sus vidas sin reflexionar, a la deriva, y no saben lo que está pasando. Son los felices, pero no son lo suficientemente conscientes como para vivir una vida real. Y tenemos que asumir que seremos traicionados y que nosotros mismos traicionaremos. Los seres humanos somos así, no somos santos ni dioses. Ni mucho menos.
LENGUA: Desde las primeras páginas de la novela, Dolman nos anuncia casi todo lo relevante del final. ¿Cómo consigues mantener el interés del lector si conoce el desenlace desde el principio?
John Banville: Cuando leemos una novela somos como los niños que quieren que les lean un cuento antes de acostarse. Y siempre quieren el mismo. Noche tras noche dicen: «No, no, cuéntame el de Ricitos de Oro». Porque lo que quieren es el ritual, no la historia. Lo que se cuenta en ellas no ha sucedido, pero lo que se expresa en las novelas es una especie de verdad universal. La gente lee Romeo y Julieta y va a ver la obra al teatro una y otra vez. Saben cómo va a terminar, pero se quedan allí, absortos. Yo estoy leyendo Lolita, de Vladimir Nabokov, por duodécima vez en mi vida. Sé lo que va a pasar, así que no la leo por la historia: la leo por el ritual. Algo extraño de la literatura es que, cuando la gente termina una novela, cree que se la ha leído. Pero nunca se le ocurriría pensar: «He escuchado una pieza musical, así que ya me la sé», o «He leído este poema, así que ya me lo sé». Nadie entra en el Prado, mira Las Meninas y dice: «Ah, vale, ya está. Ya lo he visto». Todos vuelven a escuchar la canción, leer el poema o contemplar el cuadro, pero la mayoría de la gente no cree que tenga que releer las novelas. Y para mí, la primera lectura de una novela es solo un preliminar. Todas las que valgan la pena deberían leerse al menos tres veces, pero la mayoría se quedan sin leer, colocadas en las estantería. Hace tiempo escribí una novela titulada Dr. Copérnico, sobre un astrónomo. Por aquel entonces los escritores solían poner las iniciales del título del manuscrito al final, y yo puse: «DC». Pero lo que quería decir era «da capo»: Empieza de nuevo. Vuelve a leerlo. Pero en la práctica nadie lo hace.

John Banville en septiembre de 2024. Crédito: Getty Images.
LENGUA: Publica sus novelas negras bajo el seudónimo Benjamin Black. ¿A qué se debe, y por qué lo hace solo en España?
John Banville: Black está muerto en casi todas partes. Solo sigue vivo en España, como los corredores de bolsa jubilados y los fugitivos. Es que un día pensé: «Es ridículo tener este seudónimo, todo el mundo sabe que soy yo». En un principio decidí ponerme un seudónimo para que la gente supiera que esas novelas no eran una broma posmodernista mía, que la cosa iba en serio, que estaba escribiendo novela negra. Ni siquiera las considero novelas policíacas, son simplemente historias en las que casualmente hay un crimen. Algunas ni siquiera lo tienen, solo lo parece. Para mí las novelas de Agatha Christie son como hacer crucigramas. No quiero que la gente lea mis libros para resolver el misterio. ¿A quién le importa quién mató a este o a aquel? ¿A quién le importa lo que le pase a Evelyn Dolman? Lo único que importa es el ritual de leerlo y el placer de que te cuenten una historia, de leer frases bien construidas, de poner a trabajar la imaginación. Porque la imaginación es una especie de músculo. Necesita ejercicio. Y el arte nos lo proporciona.
LENGUA: ¿Es diferente escribir una novela negra de escribir otras más emotivas y dramáticas? En principio, usted marca la diferencia, ya que las firma con nombres distintos.
John Banville: Escribo todo tipo de cosas. Escribo novelas más cercanas a la poesía que a la prosa y novelas que son pura prosa, como las policíacas. Escribo reseñas de libros y artículos de periódico, y tengo un estilo diferente en cada uno de ellos. Nos imaginamos que somos un único yo, pero no es así. No hay una llama ardiendo dentro de mí que sea yo. Simplemente adopto una actitud para presentarme ante el mundo, como hacemos todos. Nos presentamos al mundo como «yo», pero por dentro solo hay caos. No sé quién se supone que debo ser. Y menos mal, porque si lo supiera sería un robot. Y en eso siempre seremos superiores a ellos. El ser humano está en un estado de confusión constante. Una confusión gloriosa, pero confusión al fin y al cabo.
LENGUA: Lleva más de 50 años escribiendo y hasta ahora ha publicado 34 novelas. ¿Ha cambiado algo en su enfoque o en cómo se siente al escribir?
John Banville: No, sigo igual de desconcertado. Me siento en mi escritorio cada mañana y pienso: «No sé cómo hacer esto». Y le doy vueltas, escribo una palabra o dos, y entonces mi concentración se vuelve total y escribo algunas frases. Pero luego, al final del día, no tengo ni idea de lo que he hecho. Si hoy escribo algo y lo miro mañana por la mañana, no lo reconoceré, porque el John Banville que se sienta y escribe solo existe en el escritorio. La persona que está respondiendo a esta entrevista no es la que escribió los libros: esa es otra mente incorpórea.
«Todo el mundo vuelve a escuchar la misma canción, leer el mismo poema o contemplar el mismo cuadro, pero casi nadie cree que tenga que releer las novelas. Y para mí, la primera lectura es solo un preliminar. Todas las que valgan la pena deberían leerse al menos tres veces, pero la mayoría se quedan sin leer, colocadas en las estantería».
LENGUA: ¿Y en qué se diferencian esas dos personas? Porque pone mucho de usted mismo en lo que escribe, ¿no?
John Banville: No tengo un yo. Camino por el mundo, voto en las elecciones, cuido de mis hijos, me tomo una copa. Pero esa no es la persona que escribe los libros. La persona que escribe los libros no hace nada de eso. Solo escribe libros. La otra persona recopila material, y luego la persona se sienta al escritorio y utiliza el material, pero no es la persona que va por el mundo.
LENGUA: ¿Y de dónde saca ese material? ¿De lo que ve?
John Banville: Del mundo. Quiero decir, prefiero no escribir sobre personas. Eso es lo que Joyce intentó hacer en Finnegans Wake, ¿no? Una novela que no trata sobre nada, que es simplemente una novela. Eso es lo que todos los artistas quieren hacer. Todos queremos ser compositores, porque la música no tiene argumento, simplemente es lo que es. El pobre y viejo novelista tiene que lidiar con el caótico mundo en el que vive, pero intentamos convertirlo en arte. Una novela no se parece en nada a la vida. A primera vista, sí, pero en realidad, no. Hay un principio, un desarrollo y un final. Podemos cogerla y podemos dejarla a un lado. Pero en la vida no recordamos nuestro nacimiento y no experimentaremos nuestra muerte. Lo único que tenemos es el caos de en medio. En cambio, la obra de arte es un objeto acabado, con forma. Un nuevo objeto que se introduce en el mundo. Así todo, la novela resulta extrañamente convincente. Emma Bovary puede parecernos más real que nuestra propia esposa cuando se sienta frente a nosotros a desayunar. Es algo muy extraño.
LENGUA: Ya con doce años sabía que quería ser escritor. ¿Cómo surgió ese impulso?
John Banville: No lo sé. Supongo que es porque el mundo siempre me ha desconcertado. Mi propia presencia aquí. Y supongo que crear arte es una forma de intentar dar sentido al misterio de la existencia, independientemente de cuánto tiempo esté vivo. No esperaba vivir tanto como lo he hecho, pero aun así, es solo un abrir y cerrar de ojos. Y, sin embargo, como dice el poeta Rilke: «Estar aquí es mucho, porque todo esto que está aquí, tan fugaz, parece apoderarse de nosotros y, curiosamente, nos preocupa como lo más fugaz de todo». Y aunque no somos más que una mota de polvo en el gran universo de la creación, seguimos sintiendo que tenemos algún significado. Esto me resulta muy misterioso, así que me he pasado la vida intentando explicármelo a mí mismo. Escribo estos libros para mí mismo. Me parece una extraña coincidencia que otras personas los lean.
LENGUA: Publicó sus memorias hace dos años. ¿Qué le llevó a ello? ¿Cómo resumiría, a grandes rasgos, lo que ha sido su vida hasta ahora?
John Banville: Lo hice porque un amigo mío había hecho unas fotografías y me pidió que escribiera un texto para acompañarlas. De ahí salió el libro. Recordaba mucho más de lo que pensaba. Me interesé por mi pasado lejano. Quería escribir sobre la hermosa ciudad en la que vivo. No todo es bonito, pero algunas zonas son exquisitas. No podría vivir en ningún otro sitio. Y quería escribir un libro, sin más. Uno de mis lemas es de Kafka, quien dijo: «El artista es aquel que no tiene nada que decir». Yo no tengo nada que decir, ningún mensaje que transmitir. Como solía decir Nabokov: «Si quiero enviar un mensaje, enviaré un telegrama». Solo tengo el deseo de mostrar. De decir: «Mirad esto que he visto en mi breve paso por el mundo».

