Ficciones

«Hotel Fontainebleau, Miami», de Bernardo Atxaga

El escritor y poeta Bernardo Atxaga, Premio Nacional de las Letras Españolas en 2019, ha recibido el Premio Liber 2021 al autor hispanoamericano más destacado. Con este galardón, la Junta Directiva de la Federación de Gremios de Editores de España (FGEE) reconoce una obra literaria que visibiliza tanto el euskera como el español y que ya ha sido traducida a más de treinta idiomas. Coincidiendo con este reconocimiento, compartimos este original relato ambientado en el legendario hotel Fontainebleau de Miami.
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Bernardo Atxaga, año 2019. Crédito: Getty Images.

«In un liugah da la Manchia da cuy nombra nou quierro acoudama», dijo una voz femenina, y mi amigo Antonio, profesor de universidad y cervantista, dio un respingo y me agarró del brazo. Ocurrió en el vestíbulo del hotel Fontainebleau de Miami, en el momento de confirmar nuestra inscripción en el congreso mundial de hispanistas, dedicado aquel año al Quijote.

—Es imposible que esas palabras hayan venido de la otra cola —dijo mi amigo.

Era la más razonable de las hipótesis, porque aquella otra cola, situada en el extremo opuesto del mostrador, era la de las candidatas a Miss Estados Unidos. El concurso iba a celebrarse coincidiendo con nuestro congreso, durante el fin de semana. Así lo proclamaba un cartel que combinaba coronas, barras y estrellas, y ocupaba casi la mitad de la pared de recepción.

—Where? — preguntó el empleado que atendía a las candidatas.

—En un lugar de la Mancha, de cuyo nombre no quiero acordarme— insistió la voz riéndose.

La certeza fue ahora completa. El inmortal comienzo había surgido de los labios de una muchacha afroamericana que vestía un ajustado bañador negro y ostentaba una banda con la leyenda «Miss Louisiana».

—In un liugah da la Manchia da cuy nombra nou quierro acoudama —repitió Antonio imitando la pronunciación de la muchacha.

—Claudine Jones, from New Orleans, Louisiana —dijo entonces la que parecía ser la madre de la muchacha, señalándola. Luego se llevó la mano al pecho, lo presionó levemente y añadió—: My name is Susan Baker. Su voz era más ronca que la de su hija, parecida a la de Nina Simone. Vestía un traje plateado.

—De ella sí que se podría decir: «Es como la misma luna, hermosa y obscura…» — susurré a Antonio.

—A mí me parece un sol. Un sol negro —me respondió. Pero él se refería a la hija.

Había en nuestra cola un profesor que, al igual que Antonio, seguía con atención los movimientos de la muchacha. Se llamaba Robert Collo, y era muy apuesto. De haber habido en nuestro congreso un concurso de belleza masculina, él habría sido el apolo que las estudiosas dafnes de las mil y una universidades hubiesen coronado «Mister Universo Hispanista».

—Podría mirar a Miss Nebraska o a cualquiera de esas rubias. Pero no, tiene que mirar a la que yo miro.

El inmortal comienzo había surgido de los labios de una muchacha afroamericana que vestía un ajustado bañador negro y ostentaba una banda con la leyenda «Miss Louisiana».

Antonio hizo una mueca nerviosa. Robert Collo era en aquel momento catedrático de español de la Universidad de Emory, puesto que también él había pretendido. Pero había más: cada vez que Antonio preparaba un artículo, Robert Collo se le adelantaba publicando otro con la misma tesis. El comentario y el nervisosimo de Antonio tenían su historia.

—No te preocupes —le dije—. Para ella sois iguales. Dos desconocidos.

Quiso el azar que, por decirlo así, mis palabras nacieran desmentidas. La muchacha se había alejado del mostrador y charlaba animadamente con Robert Collo y los colegas de Emory.

—Me gustaría saber dónde estudia Claudine —dijo Antonio con gesto que Cervantes hubiese calificado de torvo.

— In un liugah da la Manchia da cuy nombra nou quierro acoudama —respondí yo en alto sin poder reprimirme.

Quiso esta vez el azar que, justo en aquel momento, Susan Baker pasara junto a mí. Su mirada fue severa, lunar. Me ruboricé sin poder evitarlo.

—Debe de tener unos treinta y ocho años —acerté a decir.

Pero Antonio no me oyó. Su pensamiento seguía clavado en el momento anterior.

—¿Quién le habrá enseñado ese comienzo? —dijo. Miraba a Robert Collo.

Afirma Cervantes de los celos que «cuando se apoderan del alma no hay consideración que la sosiegue», y que sus efectos son tan grandes que «por lo menos quitan el seso, y por lo más menos la vida». Lo afirma, además, sin tener en cuenta los celos profesionales, más perniciosos aún que los amorosos. Pues bien: Antonio se encontraba en aquel momento profesional y amorosamente desasosegado. Receloso.

La primera ponencia del congreso se titulaba «Don Quijote en la obra de Ramiro de Maeztu», y fue interesante. Tuvo incluso un momento top cuando, a raíz de un comentario del ponente acerca de la costumbre que tenía el polígrafo de comerse los folios donde escribía sus conferencias, alguien del público preguntó si aquello debía considerarse «un caso de coprofagia». Me reí yo, se rio Robert Collo, se rieron todos; pero no Antonio. Él permaneció absorto en sus pensamientos hasta que, a la salida, se acercó a mí para informarme de que la habitación de Claudine, Miss Louisisana, era la 918 y la de Collo — «Mister Universo Hispanista», añadió con acritud, buscando mi complicidad— la 802.

—¡Lo dices como si fueran contiguas y estuvieran comunicadas por una puerta! —protesté —. ¡Y ni siquiera están en el mismo piso!

—¡Tú no sabes nada de la vida! ¡Dedicas demasiado tiempo al jazz! —me espetó antes de desaparecer en el pasillo. La invectiva, de tan absurda, me hizo reir. Me gustaba el jazz, había publicado artículos analizando la presencia de esa música en la literatura española del siglo XX, pero no era como él. No era obsesivo.

Tenía media hora hasta la segunda ponencia de la mañana, y decidí salir a tomar el aire. El azar quiso aquella tercera vez que Miss Lousiana estuviera en la terraza de la piscina junto a un cartel igual al de Recepción, haciéndose fotos con las camareras. Asocié la escena al saludo que había dedicado a Robert Collo y a sus colegas de Emory.

—Es muy simpática, ¿verdad?— comenté a una de las camareras. Ella asintió con fuerza. No le cabía duda.

La segunda ponencia trató de un experimento en el que habían colaborado hispanistas y expertos en inteligencia artificial de la universidad de Illinois. Habían trabajado con treinta variables —posible peso, posible altura…— hasta conseguir aislar «la verdadera voz de Don Quijote». El momento top llegó cuando hicieron clic en el ordenador y una voz cascada, grave, dulce, equivalente quizás a la de un Louis Amstrong español del siglo XVI o XVII, dijo: «Si yo, por malos de mis pecados, o por mi buena suerte, me encuentro por ahí con algún gigante…».

La segunda ponencia trató de un experimento en el que habían colaborado hispanistas y expertos en inteligencia artificial de la universidad de Illinois.

— ¡Ese desgraciado…! — suspiró Antonio a mi lado.

—Piensa en cosas más importantes, por favor —le dije—. Eres uno de los ponentes oficiales del congreso. Mañana te toca hablar.

—¡Después de Robert Collo! — exclamó él con risa sardónica.

La voz cascada, grave, dulce, equivalente quizás a la de un Louis Amstrong español del siglo XVI o XVII, subió de tono: «¡Non fuyáis, gente cobarde; gente cautiva, atended…». En la sala hubo un conato de aplauso.

No quería pasarme la comida hablando de la voz de don Quijote o de las malas artes de Robert Collo, y decidí subir a mi habitación y comer allí un sándwich. El azar me empujó entonces al interior de un ascensor cuyas puertas estaban cerrándose.

—In un liugah da la Manchia da cuy nombra nou quierro acoudama.—dijo unas voz lunar elevándose por encima de la música ambiental.

Tenía delante de mí a Susan Baker. Su gesto ya no era severo. Todo lo contrario: reía con la misma risa que su hija Claudine, Miss Louisiana.

—El que toca el piano es Nat King Cole —dije. Había vuelto a ruborizarme.

Los botones del ascensor iban iluminándose. Quise abrir la boca en el cuarto piso, pero no pude; lo intenté de nuevo en el séptimo, y tampoco. En el noveno, por fin, salí del trance.

—¿Quién le enseñó esa frase en español? Mejor dicho: ¿Quién se la enseñó a su hija?

—Oh, my God! —exclamó ella sin apenas abrir los labios, sonriéndome como se sonríe a los tontos. No era una mujer lunar; era la luna misma. Lo sabía todo, lo comprendía todo. Los humanos como yo le dábamos un poco de pena.

—Come on! —dijo la luna, Susan Baker, pulsando un botón del ascensor. Empezamos a descender. Nat King Cole tocaba el piano; Buddy Rich la batería; Lester Young, el saxofón. La canción era Sweet Lorraine. Cuando llegamos abajo ella me cogió de la mano, como a un niño, y me llevó hasta Recepción.

—Look! —dijo.

Yo miré al cartel de las coronas, barras y estrellas donde se anunciaba el concurso de Miss Estados Unidos. Ella se quedó esperando y —cosas de la mirada lunar— me obligó a girar ligeramente la cabeza. Había otro cartel en la pared. Aparecía en él la silueta de Don Quijote Aparecía también, en letras grandes, el inmortal comienzo: «En un lugar de la Mancha, de cuyo nombre no quiero acordarme». Allí lo había leído Miss Louisiana. Ahí se acababa el misterio.

—Happy? —dijo Susan Baker. Tuve entonces una reacción de la que todavía estoy orgulloso. Hice un gesto que significaba «a medias». Ella lo entendió enseguida, y sentí sus labios en mi mejilla.

El azar ya no volvió a intervenir en el hotel Fontainebleau, y la vida siguió su curso. No volví a ver a Susan Baker ni a su hija. Durante la cena alguien hizo un chiste a cuenta del experimento de la universidad de Illinois. Al día siguiente, Antonio comenzó su exposición advirtiendo que iba a hablar del ideal femenino en Cervantes, «tema que, por rara casualidad, ha tratado ya el profesor que me ha precedido en esta tribuna, Robert Collo». Luego vinieron otras ponencias, más discusiones, el acto de clausura, el viaje de vuelta. Ya en el avión, abrí el Miami Herald y confirmé lo que, por inspiración lunar, ya sabía: Miss Louisiana era la nueva Miss Estados Unidos.



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