La vida de Antonio Machado
Noventa años buscando a Federico García Lorca: crónica de una deuda pendiente
Noventa años después de su asesinato, Federico García Lorca sigue hablando desde una ausencia que España no ha sabido cerrar. El poeta más universal de nuestra lengua, fusilado en agosto de 1936 en las afueras de Granada, continúa sin tumba conocida, convertido en símbolo de las miles de víctimas del franquismo que aún yacen en cunetas y fosas comunes. En «No me encontraron. La fosa de Lorca: crónica de un olvido» (Aguilar, mayo de 2026), el hispanista Ian Gibson regresa a esa herida abierta con una investigación minuciosa y personal sobre las búsquedas, los silencios, los intereses y los desintereses que han rodeado el último paradero del autor de «Poeta en Nueva York». El libro recupera el diario escrito por Gibson durante la fallida excavación oficial de 2009 en Alfacar y añade una segunda parte inédita sobre los quince años posteriores. LENGUA publica un extracto del libro titulado «En Granada, con el enterrador de Lorca».
Por Ian Gibson

Federico García Lorca. Collage de Jaime Lapuente a partir de una fotografía de Getty Images.
Hace cuarenta y cuatro años, a principios del otoño de 1965, me encontraba en Granada con mi mujer Carole y mi hija Tracey, que entonces tenía un año. Había conseguido una beca para pasar quince meses en la ciudad y poner en marcha una tesis doctoral sobre las raíces populares, rurales, de la obra de Federico García Lorca.
Instalados en el casi insospechado carmen que se escondía al pie de la Alhambra en lo alto de la casa número 6 de la calle de Santa Ana —lo habíamos alquilado relevando al hispanista norteamericano Sanford Shepard y su mujer Helen—, contemplábamos desde la terraza cómo se amontonaban las nubes sobre la ciudad. Nos habían dicho que siempre empezaba a llover en Granada hacia el día 29 de septiembre —día de San Miguel— y así iba a resultar aquel año. Recuerdo el diluvio como si hubiera caído ayer: el minúsculo Darro, normalmente tan apacible, bajando hecho un enfurecido toro de agua turbulenta, las calles trocadas en otros tantos torrentes, negro azabache el cielo.
Llevábamos tres meses en la ciudad. Tres meses fascinantes que me habían permitido empezar con buen pie mi tesis, dar largas caminatas por la Vega, entrevistar a la gente de Fuente Vaqueros y de Valderrubio —los dos pueblos del poeta— y, poco a poco, una relación cordial con algunos amigos o conocidos suyos, como Miguel Cerón Rubio, que me recibía con enorme amabilidad cada semana en su casa de la Bomba, donde le solían acompañar su amigo el doctor Rafael Jofré, apasionado aficionado al flamenco, y algún íntimo más.
Aquellos granadinos me hablaban obsesivamente, una vez establecida la necesaria confianza, del asesinato de Lorca y de la atroz represión impuesta en la ciudad por los fascistas. Vivían todavía con el terror en los huesos. Una mañana, hacia noviembre de 1965, me desperté con la convicción de que había que aparcar la tesis y emprender una investigación no solo acerca de la muerte del poeta sino del contexto en que ocurrió.
La decisión iba a cambiar el curso de mi vida… y la de los míos.
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No se trata de contar aquí todas las peripecias de aquella apasionada aventura, que duró cuatro años y dio lugar a mi primer libro, publicado en 1971 por Ruedo Ibérico, en París, con el título de La represión nacionalista de Granada en 1936 y la muerte de Federico García Lorca. Sí quiero recordar al grupo de amigos republicanos, cada uno represaliado a su manera por la dictadura, que entonces se reunían cada noche en el Café Suizo de Puerta Real, y que tuvieron el detalle de aceptarme como persona afín… y fiable. Entre ellos, en primer lugar, el abogado Antonio Pérez Funes, hombre entrañable con quien llegué a tener una relación especialmente cálida. Fue Pérez Funes quien me dio la pista —pista clave— de Manuel Castilla Blanco, quien aseguraba haber enterrado a Lorca cerca del paraje en Alfacar conocido como Fuente Grande.
Castilla Blanco tenía unos dieciocho años cuando empezó la guerra, me explicaron. La suerte quiso que el capitán Nestares Cuéllar, uno de los principales conspiradores antirrepublicanos de la ciudad y amigo de la familia del joven, pudiera evitar que fuera fusilado por ser «rojo» (tenía entonces por apodo «Manolo el Comunista»). Nestares mandaba en la zona de Víznar, pueblo colindante con Alfacar, y se lo llevó allí consigo. Manuel estuvo con él varias semanas y tuvo que participar en algunos entierros de fusilados. Pérez Funes y sus amigos le habían perdido de vista para las fechas en que llegué a Granada, pero me dijeron que su madre tenía, o había tenido, un puesto de «tejeringos» —churros— «en la plaza de la Mariana», o sea la plaza de Mariana Pineda. Hacia allí me encaminé un día. Y, aunque no había rastro de aquella mujer, alguien me informó de que Manuel vivía en la cercana calle de Varela.
Llamé a su puerta. La abrió un hombre corpulento, calculé que de unos sesenta años. Me miró intensamente. Y exclamó: «¡Pero usted no es Agustín Penón!».
Aquellos granadinos me hablaban obsesivamente, una vez establecida la necesaria confianza, del asesinato de Lorca y de la atroz represión impuesta en la ciudad por los fascistas. Vivían todavía con el terror en los huesos.
Todo el mundo me hablaba, en aquella Granada de 1965, del tal Agustín Penón. Un tipo simpático que había llegado a la ciudad unos diez años antes, que había pasado quince meses o así investigando la muerte de Lorca, y que luego, sin explicación alguna, había desaparecido de la faz de la tierra. Nunca más se supo nada de él. ¿Fue espía, quizás de la CIA? ¿Lo detuvo la policía franquista? ¿Era en realidad, como decía, un español exiliado cuando joven en Estados Unidos, o, quizás, portorriqueño? ¿Alguien lo había matado? ¿Se había suicidado? Nadie sabía nada. Lo único cierto era que se había llevado consigo muchísima información sobre la muerte del poeta.
Solo me enteraría más de una década después de quién era Agustín Penón. E incluso me tocaría a mí ser el primero en ordenar y publicar sus papeles.
Me di cuenta en seguida de que no sería fácil que Castilla Blanco, que me trató al principio con la debida cautela, me llevara a Fuente Grande y me mostrara el lugar donde había enterrado a Lorca. El lugar que diez años antes había mostrado a Penón. Pasaron varios meses antes de que, tras consultar con distintos amigos de confianza, quizás entre ellos el mencionado Antonio Pérez Funes, se decidiera a hacerlo. Su inquietud era normal: la Guardia Civil vigilaba la zona y, si para un extranjero no suponía un peligro preguntar allí por Lorca, constituía uno considerable para cualquier español no autorizado. Pese a ello Manuel me dijo un día que sí, que estaba dispuesto a acompañarme a Fuente Grande.
Así, fiel a su palabra, lo hizo. No puedo olvidar mi profunda emoción cuando me llevó al viejo olivo en cuya proximidad estaba seguro de haber enterrado al poeta y sus tres compañeros de infortunio aquella trágica madrugada. No le cabía la menor duda acerca del sitio. Al lado del olivo me señaló el «barranquillo» por el cual, cuando llovía en invierno, corría el agua. «Por este rodal fue, por este rodalillo de por aquí», no dejaba de repetir.
Años después, al conocer los papeles de Agustín Penón, pude comprobar que Castilla Blanco le había conducido a aquel idéntico «rodal» el 28 de octubre de 1955. «Castilla —apuntó Penón en su diario— nos lleva al mismo lugar que me mostró Requena, el cuñado del alcalde de Víznar, o sea, al olivo al lado del "barranquito" o cañada. No vacila. Aquí, metro más o menos, están los restos del poeta…».

Vista aérea de la fosa común donde se han encontrado tres cuerpos que se presupone fueron asesinados durante la guerra civil española. 6 de mayo de 2021 en Víznar, España. Crédito: Getty Images.
Doce años tras mi visita a Fuente Grande con Castilla Blanco volvimos juntos a Alfacar. Fue, exactamente, el 24 de agosto de 1978, en plena Transición y ya aprobada la Ley de Amnistía. Nos acompañaba un sobrino de Carmela, «la de los pajaritos», otra víctima de los fascistas granadinos (ver nota al pie de página). El general Franco llevaba casi tres años muerto y la Benemérita ya no patrullaba la zona.
Era otra España y pudimos tomar unas copas con toda tranquilidad en el bar al lado del célebre manantial de Fuente Grande.
Castilla Blanco nos llevó luego, sin dudarlo un momento, al mismo sitio que me había mostrado en 1966. Puse en marcha la grabadora (la cinta se conserva hoy, digitalizada, en mi archivo de la Casa-Museo del poeta en Fuente Vaqueros, donde la puede escuchar quien así lo desee). Como si fuera un monólogo interior, iba musitando:
Aquí era, seguro… Había entonces más olivos… Estos pinos no existían… todo esto es nuevo… Aquí no hay nada más que estos. Aquí no están nada más que el maestro de Pulianas, el Galadí, el Cabezas y este, el Lorca. Aquí ya no hubo más. Aquí no hay nada más que esos… En este rodal de aquí; sí, en este rodal de aquí desde luego que es; más arriba o más abajo, pero en este rodal… En invierno baja un arroyo por el barranquillo… Es en este rodal de aquí. Entonces allí había más olivos, o pegado al barranco había más olivos y los han arrancado por poner los pinos, ¿no? Allí han quedado unos olivuchos, pero aquí había más olivos… Estaban medio enterrados ya y nosotros solamente teníamos que acabar de enterrarlos. Estaban medio cubiertos… Aquí están enterrados… En estos contornos sí están… Aquellos olivuchos son del mismo olivar, antiguos… Sí, por estos alrededores…
Año y medio después la Diputación Provincial de Granada, bajo la presidencia de José Sánchez Faba, de la UCD, decidió formar una Comisión de Encuesta para determinar el paraje en que se suponía enterrado el poeta, con el propósito de erigir un monumento en el lugar. Admirable iniciativa de la nueva democracia española.
Comparecieron ante la Comisión nueve personas. El día que me tocó a mí —el 29 de febrero de 1980— también declaró una señora llamada María Luisa Illescas Orantes, presentada por la escritora granadina Eulalia Dolores de la Higuera, autora de un libro sobre las mujeres en la vida del poeta. Illescas manifestó, según el acta que tengo delante:
Que conserva una fotografía, que deja unida a este documento, del lugar en que debe estar enterrado el poeta García Lorca: lugar próximo a la carretera, en las proximidades de Fuente Grande, ante la peña que se ve en dicha fotografía. Lo sabe —sigue diciendo la señora Illescas— porque seis de los componentes de la llamada «Escuadra Negra» estaban alojados en casa de su tía, en Víznar, y la misma persona que lo fusiló mostró a su tío el lugar donde lo hizo, que fue delante del peñasco que se muestra en la fotografía; por consiguiente, deduce que el sitio de enterramiento lógicamente deberá estar próximo.
La fotografía, sacada desde la carretera, mostraba claramente el olivo —el «olivucho»— que Manuel Castilla Blanco nos enseñó a Agustín Penón y a mí y, al fondo, la peña o peñasco así definidos por la declarante. No parecía caber duda (fotografía de la contraportada).
Hacía tres meses que obraban entonces en mi poder los papeles de Penón, cedidos para su ordenamiento y posible publicación por su íntimo amigo William Layton, maestro de actores en Madrid. Les pude asegurar a los miembros de la Comisión que los datos recogidos por el investigador norteamericano del enterrador coincidían con los que este me había dirigido a mí en 1966. No proporcioné el nombre del enterrador, todavía vivo, para proteger su intimidad. El mismo Castilla Blanco así me lo había pedido, y así consta en mi declaración.
Habría sido muy fácil para la Comisión identificarlo y localizarlo —muchísima gente en Granada ya sabía quién era— pero no lo hizo, por lo menos oficialmente.

Dos arqueólogos forenses estudian bajo el microscopio los restos de un individuo exhumado de una fosa común, asesinado durante la guerra civil española, el 20 de mayo de 2021 en Víznar, España. Crédito: Getty Images.
Al día siguiente, 1 de marzo de 1980, María Luisa Illescas, Eulalia Dolores de la Higuera y yo visitamos Fuente Grande acompañados por los miembros de la Comisión. Allí Illescas y yo nos ratificamos en todo lo que habíamos declarado en la sesión del día anterior. Lo que lamento ahora es que no se sacasen fotografías oficiales de aquella visita, ni de ninguna de las efectuadas a la zona por otros comparecientes. Serían hoy de un valor histórico incalculable, sobre todo para la identificación de otros parajes indicados por algunos de los declarantes. No hacerlo fue un grave fallo de la Comisión.
La Diputación Provincial de Granada, con la información reunida por la Comisión en la mano, no dudó en comprar el terreno en Alfacar que mayoritariamente habían indicado los comparecientes como lugar del asesinato y entierro del poeta y las demás víctimas. La compra se efectuó el 20 de septiembre de 1980. Justo a tiempo, además, porque ya proliferaba la construcción de chalets en la zona de Fuente Grande.
Se había cometido, con todo, un grave error que iba a tener consecuencias importantes: no incluir en la compra la parcela del pinar que se encuentra inmediatamente a la izquierda del «barranquillo» y del olivo señalados con tanta insistencia por Castilla Blanco. Me habían dicho algunos vecinos de Alfacar que dicho pinar fue plantado precisamente para enmascarar fosas de la represión, algo que por desgracia no se me había ocurrido (ni a ningún otro declarante) indicar a la Comisión. ¿Trató de adquirirlo por su cuenta, sin éxito, la Diputación? ¿Se negó a venderla el propietario? Nunca lo supe, pero no sería difícil averiguarlo. El hecho es que, fuera la que fuese la razón, el paraje adquirido no comprendía aquella zona de pinos, sino que empezaba al lado mismo del «barranquillo».
Se abrió en seguida un concurso para la creación del parque Federico García Lorca. Concurso ganado por los chicos y las chicas de Alfacar con un proyecto muy sencillo posteriormente modificado, por los políticos de turno, con la construcción de un pórtico monumental y una inmensa fuente circular, ambos ajenos al espíritu del diseño original y, me atrevo a decirlo, al del poeta.
Siento como una necesidad apremiante iniciar este diario y llevarlo rigurosamente hasta el final (...) Si no lo hago, me pudriré por dentro. Creía haber terminado con mis escritos sobre Lorca, pero veo ahora que no es el caso.
A seis metros y medio del olivo, parque adentro, se erigió un macizo bloque de granito con el sencillo y generoso lema: «A la memoria de Federico García Lorca y todos los muertos de la Guerra Civil».
El espacio se abrió al público en abril de 1986. Ya no presidía la Diputación Provincial José Sánchez Faba sino el socialista Juan Hurtado Gallardo, a cuyo cargo corrió el acto de inauguración.
Desde el día en que Castilla Blanco me llevó a Alfacar en 1966, nunca me había abandonado la esperanza de que, recuperada la democracia, se pudieran encontrar los restos del poeta. El primer paso se había conseguido veinte años después con la compra del paraje por la Diputación de Granada. El segundo cuando, hace nueve meses, Garzón se declaró competente para asumir el conocimiento y la instrucción de la causa de los desaparecidos.
Ha costado mucho llegar hasta aquí, pero por fin se va a iniciar la búsqueda, aunque no oficialmente —dada la oposición de sus herederos— de los restos del poeta español más famoso y amado de todos los tiempos. Nadie me ha consultado al respecto: ni la Asociación Granadina para la Recuperación de la Memoria Histórica (AGRMH), encargada de la excavación, ni la propia Junta de Andalucía. Espero que busquen a ambos lados del «barranquillo». Veremos si funciona la alta tecnología que va a aportar la Universidad de Granada (Instituto Andaluz de Geofísica).
Intuyo que el proceso va a llevar tiempo y que habrá no pocos problemas (empezando, claro, por los familiares del poeta). Siento como una necesidad apremiante iniciar este diario y llevarlo rigurosamente hasta el final. O sea, hasta que nos digan los científicos si los restos de Lorca descansan o no en Fuente Grande. Si no lo hago, me pudriré por dentro. Creía haber terminado con mis escritos sobre Lorca, pero veo ahora que no es el caso.
Escribo esto el jueves 27 de agosto de 2009, en plena canícula madrileña. Mañana comenzaré.
Nota del autor a la edición de 2026: Se trataba de Carmen Rodríguez Parra. Su sobrino se llamaba Antonio Rodríguez Molina. Sobre la exhumación de Carmen, ver el reportaje de Fernando Navarro en las Referencias al final del libro.
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