Virginia Woolf, Sylvia Plath y Anne Sexton: vidas paralelas y el mito de Sísifo
¿Puede explicar la neurociencia la genialidad de los grandes artistas? El neurólogo Mario de la Piedra Walter (Ciudad de México, 1991) trata de dar respuesta a esta pregunta en el libro «Mentes geniales. Cómo funciona el cerebro de los artistas» (Debate, abril de 2025), un exhaustivo catálogo de los trastornos que padecieron algunos de los grandes creadores a los que admiramos (de Dostoyevski a Borges y de Van Gogh a Frida Kahlo), cuyas obras estuvieron marcadas tanto por los talentos de los que gozaron como por sus condiciones mentales. Para entender qué es el genio creativo, cómo funciona su mente y qué relación existe entre su obra y sus alteraciones neurológicas, LENGUA publica a continuación un extracto del libro -«Vidas paralelas y el mito de Sísifo»-, un texto que forma parte del capítulo 9, el cual se titula «Cerebro en llamas: Virginia Woolf, Sylvia Plath, Anne Sexton y el comportamiento suicida» y hace foco en los fantasmas existenciales con los que tuvieron que lidiar tres autoras imprescindibles de la literatura universal, mujeres adelantadas a su tiempo cuya muerte -ni por asomo- podrá eclipsar su vida.

Virginia Woolf. Crédito: Getty Images.
Un sombrero y un bastón yacen huérfanos sobre un banco frente al río Ouse. Es abril de 1941 y los bombardeos que caen sobre Gran Bretaña no alcanzan a calentar las aguas. Una leve marea acaricia un abrigo de piel en la profundidad del río. Los bolsillos son como dos anclas hechas de piedra y pasarán un par de semanas hasta que la policía encuentre los restos del naufragio. A tan solo un kilómetro, en una casa de madera del siglo XVI en la villa de Rodmell, Leonard Woolf — quien tuvo que abandonar Londres cuando una bomba pulverizó su casa— salpica con sus lágrimas la carta que le ha dejado su esposa, la escritora Virginia Woolf: «Querido. Creo que voy a enloquecer de nuevo. Siento que no podemos atravesar otro de esos tiempos horribles. Y esta vez no me recuperaré. Comienzo a escuchar voces y no puedo concentrarme. Así que voy a hacer lo que creo que es mejor…».
Veintidós años después, en una casa aledaña a la Chalcot Square de un Londres reconstruido, un plato de pan con mantequilla y dos jarros de leche esperan a que dos niños se despierten. Los paños mojados que sellan la puerta por fuera impiden que el sonido del timbre y el olor a gas se filtren dentro de la habitación. Dos albañiles fuerzan la cerradura de la puerta principal y encuentran a la escritora estadounidense Sylvia Plath, de tan solo treinta años, tirada en la cocina. La mitad de su cabeza descansa dentro del horno con la llave del gas abierta y una nota se enreda entre sus dedos: «Por favor, llamen al doctor».
Una década más tarde, dentro de un garaje en el pueblo de Weston, Massachusetts, medio vaso de vodka reverbera al ritmo de un motor encendido. El olor a hidrocarburo impregna las paredes y en el suelo un rojo cereza tiñe de falsa vitalidad el cuerpo inerte de Anne Sexton, también poeta.
Virginia Woolf, Sylvia Plath y Anne Sexton tienen en común ser las más grandes escritoras en lengua inglesa del siglo xx y haber decidido la hora de su muerte. Su influencia, que abarca mucho más que las letras, se extiende hacia el terreno de los movimientos sociales, particularmente en temas de género, sexualidad y empoderamiento. Sus obras, que retratan la lucha de las mujeres en un sistema patriarcal, se convirtieron en un estandarte del movimiento feminista de la segunda mitad del siglo XX y se mantienen hasta la fecha como modelos de reivindicación y emancipación de la mujer. Sin embargo, el aura trágica que envuelve tanto sus vidas como sus muertes nubla la apreciación de sus textos. Es difícil leerlos sin un impulso detectivesco, tratando de desenterrar de entre las líneas algún aviso, alguna pista que esclarezca sus motivos, como si releyéndolas pudiéramos evitar el desenlace. ¿Fue el suicidio la puerta de escape de la desdicha, un último acto de resistencia o una respuesta psicobiológica? ¿Podemos llegar a comprenderlo o serán ciertos los versos del poema de Sexton «Querer morirse»?
Incluso entonces no tengo nada contra la vida […]
Pero los suicidas tienen un idioma especial.
Como los carpinteros, quieren saber qué herramientas.
Nunca preguntan por qué construir.
En 1942, un año después de que Woolf se adentrara en el río Ouse con los bolsillos del abrigo llenos de piedras, Albert Camus publicó El mito de Sísifo — uno de los ensayos filosóficos más importantes del siglo pasado—, donde plantea el dilema existencial de nuestro tiempo: buscar sentido en un universo carente de él.
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Sísifo, un astuto personaje de la mitología griega, es castigado por los dioses después de engañar a la muerte en dos ocasiones. En la primera, somete y encadena a Tánatos — la personificación de la muerte sin violencia—, por lo que durante mucho tiempo nadie fallece en la tierra. Consciente de que los dioses no perdonarán su agravio, Sísifo exhorta a su esposa Mérope a no ofrecer sacrificio alguno cuando él muera. Cuando Ares — el hijo de Zeus y dios de la guerra— libera a Tánatos, se lleva consigo a Sísifo al inframundo. Una vez allí, este le dice a Hades que su esposa no ha dispuesto las ofrendas correspondientes y le pide regresar al mundo superior para castigarla. Hades accede, pero Sísifo nunca regresa. Muchos años después, cuando Sísifo muere — anciano y de forma natural—, Zeus le impone un castigo ejemplar. Lo condena a empujar una roca enorme por una ladera inclinada durante toda la eternidad. Al alcanzar la cima, la piedra rueda indefectiblemente colina abajo y Sísifo debe bajar a por ella y comenzar de nuevo el ascenso. Sísifo, el héroe absurdo por antonomasia, es consciente de la inutilidad de su tarea. Condenado a la eterna repetición, su existencia se limita a calcar el presente. Para Camus, Sísifo no es distinto al hombre posmoderno, que se repite en lo cotidiano hasta que llegue la muerte. Según Camus, «construimos nuestra vida sobre la esperanza del mañana, sin embargo, el mañana nos acerca a la muerte y es el enemigo final; la gente vive su vida como si no fuera consciente de la certeza de la muerte. Una vez despojado de su romanticismo común, el mundo es un lugar extraño, ajeno e inhumano; el verdadero conocimiento es imposible y la racionalidad y la ciencia no pueden explicar el mundo: sus historias acaban finalmente en abstracciones sin sentido, en metáforas. Esta es la condición absurda y desde el momento en que se reconoce el absurdo, se convierte en una pasión, la más desgarradora de todas».
El despropósito de una vida absurda sería suficiente para considerar el suicidio. Si no hay un sentido, ni infra ni supramundo, ¿qué diferencia hay entre hoy y dentro de cien años?
Según la Organización Mundial de la Salud (OMS), más de setecientas mil personas se suicidan cada año, y las cifras van en aumento. Aunque los datos varían según el país, se estima que, anualmente, el suicidio es responsable de entre diez y quince muertes por cada cien mil personas. Trazando analogías, quince de las personas que llenan un domingo el estadio Azteca se suicidarán este año. Adolescentes y adultos jóvenes (entre quince y veintinueve años) suponen el 8,5 por ciento de los fallecimientos, lo que convierte al suicidio en la segunda causa de muerte más común entre este grupo de población en todo el mundo.
Se estima que el 90 por ciento de las víctimas de suicidio tiene al menos un desorden mental. Más del 50 por ciento de los suicidios los llevan a cabo personas con depresión mayor o desorden bipolar; y hasta el 30 por ciento de las que sufren depresión resistente al tratamiento intentan suicidarse al menos una vez en la vida. Otros riesgos contemplados son: esquizofrenia, estrés postraumático, anorexia, desorden del sueño, personalidad antisocial, trastorno límite de personalidad o abuso de sustancias. Por otro lado, solo el 5 por ciento de los pacientes psiquiátricos cometen suicidio. A la luz de la psiquiatría moderna, por ejemplo, se ha postulado que Virginia Woolf padecía un trastorno bipolar, una enfermedad mental, como ya hemos comentado, con cambios abruptos del estado de ánimo — que van de la depresión a la manía— y que se relaciona con la historia psiquiátrica de su familia y con los abusos que sufrió durante su infancia.
A grandes rasgos, el comportamiento suicida se considera como una respuesta mal adaptativa al estrés. El modelo de diátesis-estrés, la predisposición orgánica a contraer una enfermedad, asume que distintos estresores vulneran la estabilidad neurobiológica y psicológica e incitan a este comportamiento. Una situación crónica o aguda de estrés, como la privación de necesidades, el aislamiento social, la adversidad familiar, el abuso sexual, los problemas escolares, laborales o financieros, así como una experiencia de pérdida o duelo, puede incrementar la incidencia.
Woolf, que creció en el seno de una familia inglesa privilegiada y liberal, sufrió abuso sexual por parte de su medio hermano, Gerald Duckworth, cuando ella tenía apenas cinco o seis años. En su adolescencia, otro de sus medio hermanos, George Duckworth, también abusó de ella. Como resultado, Woolf mostró, desde muy temprano, síntomas de trauma infantil, como distanciamiento emocional y represión sexual, condición que trasladó a muchos de sus personajes. Su hermana Vanessa Stephen, que también sufrió abusos por parte de George, se lo contó al doctor Savage, el médico de la familia, quien lo excusó diciendo que solo «la estaba confortando por la enfermedad fatal de su padre». Los abusos continuaron hasta que Virginia Woolf pudo dejar la casa familiar, con veintitrés años. Cuatro meses antes de internarse en las aguas del río Ouse, escribió un ensayo autobiográfico titulado Bosquejo del pasado, que no se publicó hasta la muerte de su esposo, donde relata estas experiencias: «Frente a la puerta del comedor había una losa para colocar los platos. Una vez, cuando yo era muy pequeña, Gerald Duckworth me subió a ella y, mientras estaba allí sentada, empezó a explorar mi cuerpo. Recuerdo la sensación de su mano por debajo de mi ropa, bajando firme y constantemente. Recuerdo cómo esperaba que se detuviera; cómo me ponía rígida y me retorcía cuando su mano se acercaba a mis partes íntimas. Pero no se detuvo. Recuerdo que me molestaba, que me desagradaba… ¿cuál es la palabra para describir un sentimiento tan mudo y contradictorio? Debió de ser fuerte, porque aún lo recuerdo».
A lo largo de su vida, Woolf experimentaría una sucesión de traumas que derivarían en varios colapsos mentales. El primero, con tan solo trece años, lo desencadenó la muerte de su madre; seguido por el fallecimiento de su media hermana Stella dos años más tarde. En 1904, con veintidós años y tras la muerte de su padre, Woolf saltó desde la ventana de su casa familiar en Londres. No sufrió heridas mayores, pero fue internada por un breve periodo de tiempo. Sería el primero de una larga serie de intentos de suicidio.

Fotografía de Sylvia Plath en la playa. Crédito: Cortesía de la biblioteca Lilly (Universidad de Indiana).
En línea paralela, la infancia de Plath también estuvo marcada por la pérdida. Su padre, un inmigrante alemán de talante autoritario y profesor de Biología en la Universidad de Boston, murió cuando ella tenía tan solo nueve años. Su madre, viuda y con un modesto trabajo como maestra de escuela, no dejó de reprocharle los sacrificios que tenía que hacer para que ella y su hermano menor salieran adelante.
De puertas hacia fuera, su vida parecía encaminada al éxito. Publicó su primer poema a los ocho años y llenó la casa de premios y reconocimientos. Pero con veinte años, tras un rechazo en un curso de escritura de la Universidad de Harvard y por sobrecarga de trabajo, Plath ingirió alrededor de cuarenta pastillas para dormir y se escondió en el sótano de la casa. Cuando la encontraron, dos días después, yacía en coma oculta detrás de unas cajas. Fue trasladada a un hospital cercano, donde salvó la vida de milagro.
Pese a lidiar continuamente con periodos de inestabilidad emocional, fue la alumna más destacada del Smith College y obtuvo una beca Fulbright para estudiar en Cambridge. Allí, en una fiesta, conoció a Ted Hughes, un poeta en ascenso con una reputación eclipsante. Unos meses más tarde se casaría con él, concretamente el 16 de junio de 1956, o sea, el Bloomsday, evento que se celebra para conmemorar el día en que transcurre la novela Ulises de James Joyce. El matrimonio fue, en cierta medida, un reflejo de la disonancia afectiva que mantuvo con su padre, una relación de amor-odio en la cual el abuso emocional estaba enmascarado por la admiración que sentía hacia él.
Plath renunció a su puesto como profesora de Literatura y a la vida universitaria. Lo que prometía ser una gran carrera en las letras se transformó, en menos de un año, en una vida como ama de casa. La pareja tuvo dos hijos y, siete meses después de que Plath sufriera un aborto espontáneo, Hughes comenzó un amorío con Assia Wevill. En 1962, el matrimonio se separó y Plath se mudó junto con sus dos hijos a un apartamento cercano a Chalcot Square.
En lo que a producción literaria se refiere, sería su año más prolífico, tanto en cantidad como en contenido. Escribió textos furiosos y desgarradores que solo el invierno, el más frío de los últimos cien años, pudo aplacar. Fue durante ese arrebato creativo, meses antes de su suicidio, que Plath escribió «Papi», uno de los poemas cumbre de su obra. En él expresa cómo la sombra de su padre se extendió a cada rincón de su vida y su deseo de darle muerte. Un espejo que, más allá de cualquier teoría freudiana, visibiliza las heridas de la opresión patriarcal:
Tú ya no, tú ya no
me sirves, zapato negro
en el que viví treinta años
como un pie, mísera y blancuzca
casi sin atreverme ni a chistar ni a mistar.
Plath consuma el parricidio — al menos con su pluma— para liberarse del hombre que la engendró, del hombre con el que se casó y de los hombres que han hecho de la mujer una nota al pie de la historia:
Papi, tenía que matarte
pero moriste antes de que me diera tiempo. […]
Hay una estaca clavada en tu grueso y negro corazón,
pues la gente de la aldea jamás te quiso.
Por eso bailan ahora, y patean sobre ti. […]
Papi, papi, cabrón, al fin te rematé.
Plath no llegó a ver la primavera de 1963 y muy pocos obituarios anunciaron su muerte. Sería su obra póstuma la verdadera anunciante de su partida. «Papi» y los demás poemas que escribió durante los últimos meses de su vida fueron recopilados por Ted Hughes, que adquirió los derechos de su obra, y publicados en el poemario Ariel. Pese a que Hughes se encargó de reunir su obra durante los años siguientes, destruyó el último volumen de los diarios de Plath para protegerse.

Anne Sexton. Crédito: Getty Images.
Los periódicos del momento no la reconocieron, pero otra escritora estadounidense, Anne Sexton, escribió un poema a los pocos días que supera cualquier necrología. Se habían conocido en 1959, en un seminario de poesía en la Universidad de Boston, y habían entablado una amistad tan profunda como su rivalidad, tanto que Sexton, en ese entonces la poeta más sobresaliente del grupo, nunca le perdonó a Plath morirse primero:
¡Ladrona!...
¿cómo te arrastraste dentro,
te arrastraste sola
hasta meterte en la muerte que yo ansiaba tanto y desde hace tanto,
la muerte que dijimos que ambas habíamos superado,
la que llevábamos sobre nuestros escuálidos pechos […]
Y solo digo
con los brazos extendidos hacia ese lugar de piedra,
¿qué es tu muerte
salvo una antigua pertenencia,
un topo que se cayó
de uno de tus poemas?
Sexton nació en 1928 en una familia de clase media de Boston. Al contrario que Woolf y Plath, comenzó su carrera literaria relativamente tarde. Se casó con solo diecinueve años y no pudo completar sus estudios universitarios. Sufrió su primer episodio depresivo en 1954, con veintiséis años, y después de un segundo episodio severo, al poco tiempo de nacer su segunda hija, decidió tratarse con el psiquiatra Martin Orne, quien le recomendó escribir como parte de la terapia.
Sin educación formal previa, asistió a los talleres de poesía impartidos por John Holmes. Aunque sus cualidades como poeta fueron muy pronto reconocidas, su baja autoestima y sus constantes colapsos nerviosos le impidieron publicar muchos de sus manuscritos. Celebrada como una poeta confesional, su obra explora temas — en ese entonces escandalosos— como la sexualidad femenina, la violencia doméstica y la enfermedad mental. En su poesía denuncia la opresión sistemática de las mujeres y la compara con la caza de brujas, con las que no teme identificarse porque «una mujer así es una incomprendida […] / Una mujer así no teme la muerte».
Al igual que Woolf, sufrió abusos de pequeña por parte de un viejo amigo de la familia y fue diagnosticada con depresión maniaca, hoy denominada trastorno bipolar. En 1974, después de separarse de su esposo y perder la custodia de su tercera hija, se encerró en el garaje con un vaso lleno de vodka y encendió el coche. Murió intoxicada por el dióxido de carbono. Por voluntad propia, su poemario El horrible remar hacia Dios no se publicó hasta después de su muerte:
… pero habrá una puerta
y yo la abriré
y me desharé de la rata que llevo dentro,
esa rata pestilente que roe y roe.
Dios la tomará con las dos manos
y la abrazará. […]
Esta es mi historia y así te la he contado,
si es dulce, si no es dulce,
llévala a otro sitio y deja que una parte regrese a mí.
Esta historia termina conmigo aún remando.
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