El chico que siempre llegaba tarde [y hoy es el...
A Dios, a Leo: el último mundial de Messi
En la víspera del debut de la selección argentina en la Copa Mundial de la FIFA 2026, el escritor argentino residente en Barcelona Javier Argüello vuelve la mirada hacia una de las grandes mitologías contemporáneas: la relación entre Argentina, Maradona, Messi y el fútbol como forma de destino. En este relato, Argüello no escribe solo sobre un campeonato, sino sobre una despedida: la del último baile de Lionel Messi y la de una generación que aprendió a leer su historia sentimental entre la gloria del Azteca, la herida de Malvinas, la consagración de Qatar y la promesa de una última epifanía. Con pulso literario y emoción de crónica, el texto convierte el Mundial 2026 en una escena casi sagrada: la de un país que, entre el cielo y la tierra, se prepara para soltar a su héroe.
Por Javier Argüello

Un aficionado argentino sostiene una imagen de Lionel Messi y Diego Maradona representados como santos antes del partido Nigeria-Argentina del Mundial de 2014, en Porto Alegre. Crédito: Getty Images.
Hay formas en el mundo. Se rellenan de contenido, pero eso es lo de menos. Tendemos a pensar que lo que importa es el contenido, pero lo cierto es que lo único que vale es la forma. Supongo que es mi oficio de narrador el que me obliga a verlo así. Las historias son conjuntos de hechos que describen formas. Y los años de oficio me han enseñado que lo importante no son los hechos, sino las formas que describen. En gran parte es por eso que nos enamoramos. Por la forma en que conocimos a la persona en cuestión, por las circunstancias, por el momento. Los hechos son secundarios. Lo que nos pasa, lo que nos atraviesa, es siempre una forma que nos conmueve.
A los argentinos de mi generación nos pasó Maradona. Teníamos catorce o quince años cuando la forma Maradona explotó en el cielo del Azteca trayéndonos la buena nueva: podía ser perfecto. Veníamos de una dictadura, de una guerra de Malvinas que se llevó a muchos de nuestros chicos cuando casi no habían empezado a vivir. Y luego de esos hechos, luego de esa forma, apareció Maradona para vengarnos en la cancha. Para apretar los dientes y responder con goles a las balas, para hacernos sentir que, si bien es cierto que hay lugares en los que gana el más poderoso, el que tiene más armas y más dinero, hay otros en los que somos once contra once y lo que cuenta es el coraje. Y que ahí siempre hay revancha.
Cuando nos pasó Maradona sentimos que venía de los dioses. Era una historia demasiado bella como para no serlo. Bella y dolorosa, bella y contradictoria y dramática y desgarradora, como las historias bellas.
Maradona fue mucho más que los goles a los ingleses, pero esos goles a los ingleses lo resumen muy bien. Resumen muy bien la forma que lo hizo eterno. Por eso tenía que morir, porque había venido a salvarnos, y eso nunca es gratuito. Ese era el otro mandato de la forma que lo envolvía. Y lo tuvimos que pagar. Pagamos durante 35 años. Como una maldición nacida de desafiar a los monarcas siendo el pueblo llano, tuvimos que pagar con todas las plagas del fútbol. La mafia se nos vino encima. La oficial y la otra, la que se disfraza de instituciones. Maradona lo pagó en carne propia en escenarios locales y mundiales —¿alguien ha visto alguna vez que una enfermera entre en un campo de juego para llevarse de la mano al jugador al que le ha tocado el antidóping?—. Y pasaron las descalificaciones, las finales que perdimos y que nunca olvidaré. La historia que nos hermanó con los pobres del sur de Italia. También ellos habían desafiado a los poderosos jugando la carta Maradona y también ellos fueron condenados a vivir en la sombra mientras él estuviera en la tierra. Maradona murió en el año 2020. Dos años después, Argentina y el Napoli volvieron a alcanzar la cima del mundo del fútbol.
Es muy raro ser argentino. Cuando nos pasó Maradona supimos que estábamos llamados a algo, pero no sabíamos a qué. No éramos el que tenía más copas, no éramos el que mejor desarrollaba el fútbol base —a pesar de que el talento seguía saliendo de la tierra como espigas del mejor trigo—, no éramos el más listo ni el más guapo de la historia. Pero siempre estábamos ahí y siempre dábamos guerra. Éramos el talento irreverente e inesperado, el que no se cuidaba la noche antes pero bailaba en la cancha como lo había hecho en la disco. Éramos los proscritos, los bandidos, aquellos de los que las madres esconden a sus hijas. Éramos ese con el que nadie quiere enfrentarse. Nos habían tirado una maldición encima y nos asumimos malditos y la parimos con el dolor de haber vivido como dioses sabiendo que aquello nunca iba a volver a pasar.
Y entonces nos pasó Messi.

Diego Maradona, entonces seleccionador de Argentina, habla con Lionel Messi antes del partido de cuartos de final contra Alemania en el Mundial de 2010, en Ciudad del Cabo. Crédito: Getty Images.
Si sólo hubiera sido Maradona se habría tratado de un hecho aislado. Sabíamos que no era eso, sabíamos que había algo más, pero en medio de la oscuridad y la profundidad de la noche no podíamos distinguir si se trataba de un destino o de un espejismo. Las musas cuentan a los poetas las verdades de los dioses, pero a veces cuentan verdades y a veces cuentan mentiras disfrazadas de verdades, y los poetas nunca pueden reconocer la diferencia, simplemente las difunden. ¿Saben cómo se dan cuenta si se trata de una verdad o de una mentira disfrazada de verdad? A través de la belleza que el relato contiene. Si es suficientemente bello, es señal que viene de los dioses, y si viene de los dioses tiene que ser verdadero.
Cuando nos pasó Maradona sentimos que venía de los dioses. Era una historia demasiado bella como para no serlo. Bella y dolorosa, bella y contradictoria y dramática y desgarradora, como las historias bellas. Pero ¿y si no era cierto? ¿Y si lo que había ocurrido era apenas un accidente? ¿Y si la forma Maradona era una rareza, una anomalía, una excepción que rompe una regla en vez de la puerta de la eternidad?
Nos pasó Messi y ni con Messi la cosa pareció mejorar. El extraterrestre llegó a la tierra y volvió a caer en Argentina. Y supimos que esa forma no podía ser casual. Un accidente es posible. Dos accidentes simétricos son demasiado extraños, sobre todo cuando ocurren en el mismo sitio. En ese momento no entendimos que no se trataba de dos cosas separadas, sino de dos partes de lo mismo. La que presenta el conflicto y la que lo resuelve. Y sin embargo seguíamos malditos, por más que este muchacho humilde resultara indescifrable para todos los defensores del mundo, la maldición seguía ahí, queriendo quedarse con nuestra fe. Hasta que la plaga se ciñó sobre el mundo entero y se llevó a nuestro héroe. Y todavía con barbijos, todavía sin poder reunirnos ni llenar estadios, llegó la final del 2021, y el príncipe heredero tomó su lugar en el Maracaná. Era contra Brasil y era en su casa. Nuestro rival de toda la vida, pero sólo en lo deportivo. Porque Brasil es de los nuestros, es de la periferia, como nosotros. De esa periferia hirviente que el centro nunca pudo conquistar. Era en casa, en nuestro continente, y era a puerta cerrada. Así era como la maldición debía ser derrotada. Sólo once contra once, como siempre se hubo de jugar.
No es casualidad —hoy lo sé— que Maradona y Messi hayan nacido en mi tierra. Y los que venimos de ahí tenemos el deber de estar presentes para intentar entender al menos una parte de lo que nos vinieron a contar.
Hace unos cuántos años que vivo en Barcelona. Mi mujer y yo tenemos un pequeño piso en el barrio de Sants, en un edificio de tres plantas del que soy el presidente de la escalera. A pie de calle hay un local que pertenece a la finca ocupado por un restaurante de falafel y de pizzas. La mañana de la final del Maracaná, Qadeer, el dueño del restaurante, con quien hemos desarrollado una buena amistad, me llamó para avisarme que se había tapado el desagüe. Bajé y efectivamente el agua estaba subiendo por la alcantarilla, llenando de mierda todo el suelo de su negocio. No había tapa de registro, por lo que no se podía acceder al atasco. Hablé con el propietario que me puso en contacto con el paleta que se había ocupado de la reforma. Éste me indicó más o menos por donde creía que estaba el registro y rompimos el suelo con tanta suerte que dimos con lo que buscábamos. Los operarios que nos ayudaban consiguieron destrabar la tapa del desagüe, y cuando lo hicieron toda la mierda que se había acumulado durante la noche —durante la larga noche— de pronto empezó a correr, como si un tapón de mierda se hubiera roto, permitiendo que todo empezara a moverse y empezara a vaciarse hacia las alcantarillas. Y empezamos a echar agua limpia por todo el suelo del local y poco a poco el local se fue limpiando, hasta que el desagüe quedó impoluto y el agua limpia corrió a sus anchas, llevándose toda la mierda y toda la oscuridad. Subí a mi casa y desperté a mi mujer que aún estaba dormida. Cuando me vio sonriente y emocionado me preguntó qué me pasaba. Lo único que le pude decir era que se había roto el hechizo, que se había destrabado la mierda. Esta noche, le dije, somos campeones en el Maracaná.
El resto ya es sabido: Copa América, Finalissima, Copa del Mundo, Bicampeones de América. Desde el día en que se limpió el atasco ganamos todo lo que jugamos. Hicimos las paces con el el fútbol y, al menos la gente de mi generación, hizo las paces con los dioses. No había sido un hecho aislado. Había sido el primer capítulo de una historia que tenía un final hermoso 36 años después. Nos había pasado Maradona y nos había pasado Messi como las dos caras de una moneda que no habíamos sabido interpretar. El primero había llegado para traernos coraje y revancha. El segundo para enseñarnos humildad y belleza. Estábamos completos, no necesitábamos nada más. Lo que viniera ahora ya no nos pertenecía. Era de los otros, de los que vienen. Nuestra historia se había completado de la mejor manera posible y sentimos que el capítulo fútbol había quedado cerrado. Ahora ya nos podíamos dedicar a los asuntos mundanos, a nuestros trabajos y a nuestras familias para un día reposar junto a nuestras parejas y a un puñado de recuerdos en un porche con mecedora y con un atardecer interminable decorando el horizonte. Estábamos en paz.
Pero las formas son las formas y siempre guardan algo. Un epílogo que nadie espera. Siempre una vuelta más.

Montaje de Lionel Messi y Diego Maradona con la Copa del Mundo: Messi tras ganar el Mundial de Catar 2022 y Maradona después del triunfo de Argentina en México 1986. Crédito: Getty Images.
Ayer me di cuenta —distraída la memoria de uno— que iba a tocar despedirse. Que dentro de unos días empieza el final de esta historia porque dentro de unos días —¿saben que, en la traducción del hebreo original, la palabra Messiah se escribe con doble ese? — Messi juega su último mundial. Viene su despedida, y con ella la de todos los que vivimos esa forma que se hizo gigante desde Maradona hasta él, la forma de ese fútbol raro que se jugaba por la camiseta, la forma de un país entero cumpliendo el antiguo sueño humano de que los corazones de todas las personas latan al mismo tiempo, sabiendo que lo hacen por los que están la cancha y que ellos lo hacen por los que los vinieron a alentar. Esa forma inexplicable que se tiñó de barro y potrero para explicarnos a los argentinos que la única verdad verdadera es la que viene de los dioses, y que es dolorosa y es bella, llena de amor y de tragedia. Que Nietzche se equivocó cuando dijo que Dios había muerto. Que toda la ilustración y la fe en la razón humana no fue más que un malentendido de unos cuantos siglos, porque la verdad verdadera sigue bajando del cielo, sigue descubriéndose en la belleza de la forma, y mientras nos perdimos en los caminos de las cifras y los experimentos, se atrincheró ahí donde sabía que nadie la iba a buscar, en una cancha de fútbol, para desde ahí iluminar los días más grises de la tierra. Porque no importa que el contenido sea la conquista de mil reinos, el regreso a Itaca o la zurda de un loco bajito pateando una pelota para lavar el dolor de todo un pueblo, lo que importa es siempre la forma que la epopeya describe. Y yo, que creía que esa forma ya estaba cerrada, recién ayer me di cuenta de que faltaba lo más duro, que era dejarla ir. No sabía, no me esperaba —curiosa distracción la mía— que tocaba enfrentar el final.
Porque un día nos pasó que fuimos Messi y Maradona y esa historia hoy está encontrando su final. Y ahí vamos a estar. Sangrantes y sonrientes, olvidados e inmortales, creyentes y descreídos, esperando otra vuelta más.
Hace muchos años que me dedico a la escritura y algo he aprendido de la forma que tienen las formas, pero también he aprendido que a la forma grande, a la verdadera, esa que se esconde detrás de las formas que nos contamos, no se la puede anticipar. Esa es la maravilla de trabajar contando historias, que el fracaso está asegurado y sin embargo siempre es hermoso ponerse en marcha y salirla a buscar.
No tengo la menor idea de la forma de lo que viene, pero sé que es importante. Sé que este último baile no es una pirueta más. Sé que tengo que estar atento a cada minuto de este baile porque es en donde esta historia se resuelve, y sé que todavía tiene algo para contar. Y sé —o intuyo—, que eso que trae no está en los goles —la vida tiene la manía de esconder las respuestas en donde menos las buscamos—, sino en algo mucho más sutil que quizá no sea otra cosa que volver a sentir otra vez la comunión inmensa de cuarenta y siete millones de almas con once tipos en pantalón corto corriendo atrás de una pelota. No es casualidad —hoy lo sé— que Maradona y Messi hayan nacido en mi tierra. Y los que venimos de ahí tenemos el deber de estar presentes para intentar entender al menos una parte de lo que nos vinieron a contar. Y ahí vamos a estar, en este nuevo flirteo que el destino nos propone. En este nuevo round del rebelde y del bajito y del que juega al engaño pero no al de los mentirosos, sino al de los artistas, la ficción que no es mentira sino que, al saberse inventada —ahora me ves, ahora no me ves—, presenta la más elevada forma de la verdad.
Por lo pronto espero que él lo disfrute. Porque se lo merece pero también porque me gusta pensar que es una parte del mensaje que los dioses nos vinieron a dar: que después de tanta noche, de tanta lucha y de tanta espera, al final gana lo bello. Que cuando esto se termine volveremos a la luz, a esa luz de la que salimos, para ser testigos del modo en que el amor le gana a miedo, y que en el último capítulo Dios y el diablo se dan la mano y se miran a los ojos y se dicen «bien jugado». Porque un día nos pasó que fuimos Messi y Maradona y esa historia hoy está encontrando su final. Y ahí vamos a estar. Sangrantes y sonrientes, olvidados e inmortales, creyentes y descreídos, esperando otra vuelta más. Ahí vamos a estar, dichosos y desconsolados, entre el cielo y la tierra, con la risa más seria del mundo enredada entre los dientes, como si hubiéramos entendido el chiste que la vida nos vino a contar. Empieza el último baile y lo único que tengo claro es que lo vamos a bailar.
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