Una conversación (sobre libros y literatura) con Woody Allen
Durante más de treinta años, el periodista Eric Lax mantuvo una conversación constante con Woody Allen, uno de los cineastas más personales y prolíficos del cine contemporáneo. El resultado de ese diálogo es «Conversaciones con Woody Allen» (Reservoir Books, 2024), un libro que va mucho más allá de la simple entrevista: es una inmersión profunda en la mente de un creador que ha hecho del humor, la neurosis y la melancolía su territorio artístico. A lo largo de sus páginas, Allen reflexiona sobre el cine como arte y oficio, su forma de escribir guiones, la dirección de actores, el montaje, la música, y también sobre su visión del mundo, atravesada por la duda existencial y la ironía. Así, lejos de ofrecer respuestas cerradas, Allen se muestra contradictorio, lúcido y a menudo provocador. En este fragmento que LENGUA publica a continuación, uno de los más personales del libro (y que surge de una conversación mantenida en noviembre de 1988), Allen desvela cuáles son los escritores a los que regresa una y otra vez: Fiódor Dostoievski, William Faulkner, Emily Dickinson o Ernest Hemingway, lecturas que alimentan su universo creativo tanto como el cine de Bergman o Fellini.
Por Eric Lax

Woody Allen en la presentación de su película Golpe de suerte en el 80 Festival Internacional de Cine de Venecia (año 2023). Crédito: Getty Images.
Noviembre de 1988
Aprovechando que estamos en casa de Woody, quiero dedicar una parte de la conversación a hablar de las lecturas que más le han influido. Me lleva al dormitorio del piso de abajo, donde gran parte de lo que escribe lo hace tumbado en la cama. Las paredes son rojas y encima de la chimenea hay una foto de Marilyn Monroe con un autógrafo escrito a lápiz. Sobre las mesillas situadas a ambos lados de la cama de matrimonio dorada se apilan montones de libros. En la mesilla de la izquierda están los que ha leído hace poco (entre ellos hay numerosas obras de poesía, así como un libro en rústica del último Concilio Vaticano); en la mesilla de la derecha están los que aún no ha leído (la Biblia y libros sobre lingüística). Dado que Woody tiene tan buena opinión de la obra de Ingmar Bergman desde hace tanto tiempo, empiezo por preguntarle lo que piensa sobre algunos de los escritos de Bergman.
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Eric Lax: Cito a Bergman: «Tengo la firme impresión de que nuestro mundo está a punto de irse a pique. Nuestros sistemas políticos se encuentran en grave peligro y han dejado de tener utilidad. Nuestros patrones de conducta social, tanto internos como externos, han demostrado ser un fracaso. Y lo más trágico de todo es que no podemos ni queremos, ni tenemos la fuerza para cambiar el curso de la historia. Es demasiado tarde para revoluciones y en lo más profundo de nuestro ser ni siquiera creemos ya en sus efectos positivos. A la vuelta de la esquina nos aguarda un universo dominado por los insectos, y algún día este pasará por encima de nuestra existencia ultraindividualizada. Por lo demás, soy un respetable socialdemócrata».
Woody Allen: No tengo una opinión muy positiva que digamos sobre las instituciones. Creo firmemente que el rasgo más destacado de la existencia humana es la crueldad del hombre para con el hombre. Si uno pudiera mirarnos desde cierta distancia, ya sabe, si fuéramos objeto de observación por parte de extraterrestres, creo que esa es la impresión que se llevarían. No creo que se quedaran maravillados con nuestro arte o nuestros logros. Más bien se quedarían atemorizados ante la brutalidad y estupidez de nuestras acciones.
Eric Lax: Dice Bergman: «Si veo una nube en el cielo pienso que se avecina el fin del mundo».
Woody Allen: A mí me encantaría que cinco de cada siete días fueran así [hoy está nublado], y quizá que en los dos días restantes hiciera lo que se entiende por buen tiempo.
Eric Lax: Con respecto a los guiones que escribe, Bergman afirma lo siguiente: «He escrito mis películas sin entender realmente lo que escribía. Luego, cuando las filmaba, veía que tenían cierto significado para mí, pero no lograba entender dicho significado hasta tiempo después. Mucho tiempo después. Que la relación que tengo con mis obras sea tan extraña se debe a que cuando escribo y filmo una película suelo estar como dentro de un caparazón que me protege. Casi nunca analizo lo que hago o por qué lo hago. Eso lo racionalizo después».
Woody Allen: Eso parece propio de un artista con una gran intuición. En mi caso creo que tengo más control en el aspecto cerebral y menos en el de la capacidad. Es decir, que empiezo sabiendo lo que hago y lo que quiero hacer, pero como me falta capacidad para llevarlo a la práctica el resultado es distinto de lo que esperaba [ríe] y me sorprende.
Eric Lax: ¿Y qué opina sobre esto?: «No hay que subestimar la importancia de lo lóbrego en el arte».
Woody Allen: A mí lo lóbrego me parece hermoso. Lo veo en Martha Graham. Mucha gente, cuando ve Días de radio, se ríe con la primera escena en la que yo digo: «Recuerdo mi infancia como un período hermoso de mi vida» y entonces se ve Rockaway en un día lluvioso con un fuerte oleaje. Yo lo decía completamente en serio, pero la mayoría de las veces la gente se lo toma a risa.
Eric Lax: En varias ocasiones ha comentado que siempre ha detestado la escuela y que en gran parte es autodidacto. ¿Se centra únicamente en lo que le interesa?
Woody Allen: La mía es una formación ecléctica. Leo algo de filosofía, algo de historia, alguna que otra novela y al año siguiente vuelvo a otra cosa. Pero no sigo ninguna pauta marcada. Empecé leyendo novelas. Eso era lo que me interesaba al principio, la literatura estadounidense: Hemingway, Faulkner, Steinbeck. Todos ellos eran autores contemporáneos pero su máximo apogeo lo vivieron en los años veinte y treinta.
Eric Lax: ¿Qué fue lo que provocó su interés por la lingüística?
Woody Allen: Una de las ventajas e inconvenientes, aunque es más un inconveniente que otra cosa, de ser autodidacto es que eres ecléctico en tus lecturas para intentar tener una educación lo más equilibrada posible. Los autodidactos parecen pecar de lagunas sorprendentes en los temas más convencionales. Así que puede que haya leído un par de libros sobre semántica y lingüística, pero es algo muy veleidoso. Si habla conmigo un rato y tocamos seis de los temas sobre los que he leído, me tomará por un tipo culto. Pero si en mitad de la conversación de repente sale algo que sabe hasta un colegial, puede que yo no lo sepa, porque al ser autodidacto tengo lagunas en mi aprendizaje. Aunque sea algo muy básico.
Por ejemplo, tengo una gramática pésima. En serio. Cada vez que envío algo a The New Yorker me lo devuelven teñido de rojo. Siempre me dicen: «No puedes decir eso. No suena bien en inglés». Y Sandy Morse [montador] siempre me corrige el inglés cuando escribo una narración. Saul Bellow, cuando le di el texto que tenía que decir en Zelig, me dijo: «¿Te importa que cambie esto? Es que es gramaticalmente incorrecto». No tengo gramática alguna y eso es algo fundamental que se aprende en el colegio. Y como eso muchas cosas.
Eric Lax: ¿Lee poesía a menudo?
Woody Allen: Últimamente he releído mucha poesía. Muchos de mis autores favoritos siguen siendo los mismos que siempre me han gustado.
Si hubiera hablado conmigo hace unos años le habría dicho que la poesía es como dar a un tipo un folio o un lienzo en blanco que emborrona con cuatro brochazos de pintura para luego decir: «Sí, eso es lo que hace Kandinsky o De Kooning. Podría hacer diez de estos al día». No lo entiende. Te dan ganas de decirle: «Eso no es lo que hacen. Tú te limitas a manchar el lienzo de pintura. Y crees que ellos hacen lo mismo pero no es así».
Pues así era yo con la poesía. Siempre me ha gustado, pero cuanto más leo, mejor me parece Yeats y mayor es mi capacidad para apreciar su verdadera valía. Son muchos los poetas que tengo en gran estima. Todo el mundo que conozco admira a Eliot, naturalmente, porque para mí es el gran poeta urbano. Pero Yeats es increíble, teniendo en cuenta lo que uno persigue cuando escribe poesía. Es formidable, como Shakespeare. Siempre me han encantado Emily Dickinson, William Carlos Williams, Robert Frost y E. E. Cummings. Y me encanta Philip Larkin.
Creo que si hubiera tenido una educación mejor podría escribir poesía, porque un escritor de comedia tiene algunas de las aptitudes necesarias para ello. Uno tiene que trabajar con los matices, el oído y la métrica, y si quita una sola sílaba de una frase la gracia de un gag se puede ir al garete. Y todo eso es una cuestión de sensibilidad. Hay veces que un corrector me corrige algo de un relato y le digo: «Pero ¿no te das cuenta de que si le añades una sola sílaba ya no tiene ninguna gracia?».

Woody Allen en julio de 1971. Crédito: Getty Images.
Por otro lado, cuando uno cuenta o escribe un chiste, el factor de la concisión es fundamental, como ocurre en la poesía. En muy pocas palabras condensas un pensamiento o un sentimiento y todo depende de lo bien equilibradas que estén. Sin embargo, no es algo que uno haga de manera deliberada. Por ejemplo: «No tengo miedo a morir. Simplemente no quiero estar presente cuando eso suceda» es una frase que expresa algo de forma sucinta y si se emplea una sola palabra de más o de menos pierde fuerza. Quizá si experimentase encontraría una manera mejor de decir lo que quiero, pero en lo básico mi modo de hacer funciona. Y uno lo hace por instinto. No cuenta las palabras ni nada de eso. Y así también el poeta. No trabaja la métrica de manera numérica, sino dejándose llevar por el sentimiento.
Eric Lax: ¿No me dijo en una ocasión que tardó lo suyo en llegar a valorar a Shakespeare?
Woody Allen: Ahora valoro mucho más la manera de escribir de Shakespeare. Es su manera de escribir la que me parece hermosa y de una superioridad auténtica. No tanto sus obras como las palabras de sus obras, la belleza con la que están escritas. Ninguna de sus comedias me parece divertida, pero el discurso es tan espléndido, tan maravilloso, que se apodera de ti. Sin embargo, sus obras me parecen simplonas y dirigidas a un público paleto. Las obras serias tienen momentos realmente hermosos, pero en general pecan de una mala construcción. Y aun así te las lees de un tirón porque están escritas con un lenguaje elevadísimo.
Eric Lax: En sus películas suele servirse de la filosofía para hacer chistes, como por ejemplo en La última noche de Boris Grushenko. ¿Lee mucha filosofía?
Woody Allen: La filosofía era algo que me interesaba sin saberlo. Enseguida me aficioné a ella, y el hecho de que Harlene [Rosen, su primera esposa. Woody tenía veinte años y ella diecisiete cuando se casaron en 1956; se divorciaron en 1962] estudiara filosofía era muy estimulante para mí. Si me hubiera replanteado mi educación, seguramente habría ido a la universidad para estudiar filosofía.
Eric Lax: ¿Qué filósofos le dicen algo cuando los lee?
Woody Allen: Los que más me entusiasman puede que sean los filósofos alemanes, aunque leer a Platón por primera vez también es muy emocionante. Resulta divertido desde un punto de vista artístico. Lo mismo ocurre con Nietzsche, que es divertido. A Hegel lo encuentro aburrido y difícil de leer. Pero al final lo que a uno le mata es lo más profundo; los que tienen más sentido resultan ser los filósofos racionalistas y pragmáticos, que son en esencia los más aburridos pero también con los que más cuesta discutir. Al final el pensamiento de Bertrand Russell tiene en su mayor parte mucho más sentido y me llega mucho más adentro, pero no me resulta ni por asomo tan divertido ni emocionante como, digamos, Camus, Jean-Paul Sartre o Nietzsche, los más dramáticos y preocupados por la vida y la muerte, temas de los que hablan en términos sumamente escabrosos.
Eric Lax: ¿Qué me dice del expresionismo alemán?
Woody Allen: El expresionismo alemán era algo que me gustaba ya de pequeño. Cuando iba al Museo de Arte Moderno la sala que más me fascinaba era la que albergaba las obras de Kirchner, Schmidt-Rottluff y Nolde. Era algo con lo que siempre me sentía identificado. Me encantaba.
Eric Lax: ¿Y de la crítica literaria?
Woody Allen: Acabo de leer un trabajo de George Steiner sobre Dostoievski y Tolstói [Tolstói o Dostoievski], lo que me ha llevado a releer El idiota, así que ahora mismo estoy metido de lleno en ello. Me lo he pasado muy bien con el libro de Steiner. Se trata de un estudio comparativo realizado como solo ciertos profesores pueden hacerlo. Steiner es uno de ellos; Isaiah Berlin es otro. Hay críticos que son grandes profesores, como William Barrett, autor del clásico El hombre irracional, que tiene el don de popularizar un tema de tal manera que un cretino mental como yo pueda entenderlo.
Eric Lax: Eso es rebajarse mucho, pero en el discurso de homenaje a Bob Hope que pronunció en la Sociedad Cinematográfica del Lincoln Center dijo que tras ver a Hope y Crosby cantando «Like Webster’s Dictionary, we’re Morocco bound» a lomos de un camello, supo inmediatamente lo que quería hacer con su vida. Es una frase formidable, pero ¿cuánto hay de cierto en ella?
Woody Allen: Eso fue cuando yo era muy joven, claro está. Cuando era pequeño me encantaba la comedia en general y en concreto Bob Hope y Groucho Marx. Crecí con ello. Hasta llegar a la adolescencia tenía a Hope como ejemplo a seguir e intentaba hacer chistes y soltar ocurrencias con gracia. Pero cuando crecí y fui algo más culto, a los diecisiete o dieciocho años, deseaba estar de algún modo en el mundo del teatro o del espectáculo. Lo que más me interesaba era escribir dramas. Quería escribir obras de teatro, y en ningún momento pensé en la comedia. Mi pretensión era escribir como Ibsen o Chéjov. Sabía que tenía talento para la comedia porque en aquel entonces ya ganaba dinero con ello. Y seguí teniendo éxito con la comedia y anhelando dar el salto al drama en algún momento. Siempre ha sido un obstáculo muy frustrante para mí, aparte de que siempre he sido demasiado cobarde para dejar lo que me reportaba fama y fortuna y dedicarme a escribir lo que podrían ser no dramas, sino culebrones.
Eric Lax: ¿Significa eso que en cierto modo ve su capacidad para escribir comedia como una especie de maldición?
Woody Allen: Nunca he pensado que triunfar con la comedia fuera una maldición. Siempre me ha parecido algo muy positivo, porque además de escribir comedias me formo como actor. Todo ello me sirve para acabar haciendo lo que siempre he querido, es decir, dramas serios, como guionista y como director. Nunca he pensado que hubiera ningún otro tipo de obstáculo.

Woody Allen en 1980. Crédito: Getty Images.
Eric Lax: Después de escribir tantas películas, ¿le supone un reto tener que pensar constantemente en posibles nombres para sus personajes? Algunos nombres parecen repetirse una y otra vez, como Ceil, por ejemplo, el nombre de la hermana de su madre.
Woody Allen: La gente lleva años preguntándome cómo busco los nombres de mis personajes y siempre les digo que cuando escribo a máquina un guión pienso en nombres cortos para evitar teclear más de la cuenta. Antes utilizaba mucho el nombre de Louise porque lo escribía con facilidad. Pero casi siempre hay un Blint o un Gray…, señor Blint, señor Gray, no falla. Y siempre hay un Abe o una Ceil, nunca una Priscilla o un Murgatroyd.
Eric Lax: ¿Cuándo conoció a Chéjov y a otros escritores «serios»?
Woody Allen: Cuando acabé el bachillerato comencé a salir con mujeres que me tenían por analfabeto. A mí aquellas chicas me parecían preciosas, sin maquillar, con sus joyas de plata y sus bolsos de piel. Cuando quedaba con una de ellas me decía: «Lo que de verdad me gustaría hacer esta noche es ir a escuchar a Andrés Segovia». «¿A quién?», decía yo. «A Andrés Segovia», me repetía. Y yo no sabía de quién me hablaba. O me preguntaban: «¿Has leído tal novela de Faulkner?». Y yo contestaba: «Yo leo cómics. No he leído un solo libro en mi vida. No sé qué es eso».
Así que tuve que ponerme a leer para estar a la altura de ellas. Hemingway y Faulkner me engacharon enseguida; Fitzgerald no tanto. Luego comencé a leer obras de teatro. Y en cuanto me vi escribiendo comedia, recuerdo que le dije a Abe Burrows [un pariente político: el hermano de la madre de Woody estaba casado con la hermana del padre de Burrows]: «Sueño con ser guionista de televisión».
Y él me dijo: «Pero no querrás ser guionista de televisión toda tu vida, ¿no? ¿No será esa tu meta final?».
Y yo le dije: «Pues claro que sí. ¿Por qué no iba a serlo?».
Y él me dijo: «Deberías pensar en el teatro. Si tienes talento y quieres escribir diálogos cómicos, deberías pensar en dedicarte al teatro».
Y yo le dije: «Bueno, quizá me plantee dedicarme al cine. ¿Acaso no es lo que quiere toda la gente del teatro, meterse en el cine?».
Y él me dijo: «No, es todo lo contrario. A todos los guionistas de California les encantaría conseguir una obra en Broadway. Eso es a lo que aspiran todos».
En aquella época un guionista de cine no era más que un nombre anónimo cuyo trabajo acababa despedazado. En cambio, un autor teatral era alguien importante. Así que comencé a ir de vez en cuando al teatro. Por entonces tenía dieciocho años.
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