Glòria de Castro: «La sociedad debería darnos la oportunidad de no estar solos»
Glòria de Castro no escribe para apaciguar, sino para incomodar. En su nueva novela, «Los templos solemnes» (Lumen, 2025), la autora catalana despliega una prosa incisiva que hurga en la memoria colectiva y en las fracturas íntimas de sus personajes, como si levantara la superficie pulida de la vida cotidiana para revelar la tensión latente que se esconde debajo. De Castro, que en persona se mueve con una mezcla de contención y firmeza, no rehúye las preguntas difíciles: al contrario, las busca. Con ella, las palabras adquieren una densidad casi física, como ladrillos de un edificio que se tambalea, pero se sostiene gracias a la precisión de su mirada. En la conversación que sigue, más que una entrevista, asistimos a un retrato indirecto: una escritora que entiende la literatura como campo de batalla moral, y que ha decidido, con esta nueva obra, dinamitar las certezas más solemnes de sus lectores.
-Eduardo-Martínez-Gil.jpg)
Glòria de Castro. Crédito: Eduardo Martínez Gil.
Hay un rumor oscuro que atraviesa la escritura de Glòria de Castro. Una fisura por la que se cuelan la violencia contenida, el deseo, la pérdida. Y también la belleza. En Los templos solemnes, su segunda novela, ese rumor se materializa en un paisaje tan físico como emocional: una casa agrietada, un pantano que se traga historias, una cúpula que amenaza con venirse abajo. Glòria escribe desde el cuerpo y desde sus huecos, desde los vínculos que sostienen —o tambalean— a su protagonista, Nina, cuando ya no cree en nada.
En la novela, pesa sobre ella la imposibilidad alcanzar la libertad de ser una misma cuando tiene que ser a la vez hija, hermana, pareja y madre. De encontrarse fuera de todo eso. Fuera del mundo. Fuera de una ciudad que la expulsa, de un oficio que adora, pero que la rechaza. La historia de Nina es también la de cómo el amor, la maternidad y el deseo conviven con la grieta, con la huida y las caídas.
Glòria de Castro habla de todo eso. De agujeros reales y simbólicos. De escuchar historias de antes de la tecnología, de cómo el carácter de una bailarina sostiene a partes iguales toda la fuerza y toda la delicadeza, ambas necesarias para buscar la belleza. Y de todo lo que pasa dentro de los agujeros vacíos.
Ver más
LENGUA: Una frase a la que Nina alude es «El infinito existe tanto hacia adentro como hacia fuera y por eso es complicado encontrar nada». Todo el libro se sostiene en dualidades. ¿Cómo de difícil es construir una historia así y que no se rompan entre ellas?
Glòria de Castro: Yo escribo muy intuitivamente, agarro una libreta y un boli y escribo. No hago esquemas, ni planteo ideas, simplemente tengo escenas en la cabeza. Y de repente escribo, escribo, escribo, y hay un punto donde los personajes hacen su vida. Ahí viene el bruto de la novela y luego hay mucho trabajo de reescritura, donde hay que ir atando cosas, un trabajo muy minucioso, de ir cuadrando la balanza. Intento que si aparece alguna cosa, tenga sentido después. No me gustan las metáforas literarias, pero las metáforas a nivel de imagen, o de dos imágenes, me encantan.
LENGUA: Empecemos por la protagonista, que ha tenido que desenvolverse en la maternidad sin haber tenido ella un vínculo materno.
Glòria de Castro: La familia parece que es el lugar donde estamos salvados, que nos sostiene, pero también es el lugar donde suceden la mayoría de violencias. Sobre todo de cara a la mujer, el papel de la mujer realmente es duro. El tema de la maternidad: hasta donde empiezas tú como madre o terminas como mujer. En este libro trato el tema de la adolescencia, porque es una época de muchos cambios y lo relaciono con esta crisis que tienen Nina de cómo puedo yo querer si yo no he sido querida, o si realmente el amor puede salvarnos.
LENGUA: ¿Y en qué lugar deja eso a Iván, padre de Ariel y pareja de Nina?
Glòria de Castro: Toda la violencia que ha tenido le hace dudar sobre cómo ella puede querer. A la vez, cómo puede salir de este círculo vicioso donde parece que te tienes que crear a través de la maternidad, que para ella no es suficiente. Ella también quiere ser alguien, quiere aspirar a ser algo artístico. Tu tú artístico a veces riñe mucho con los deberes de la maternidad, porque el arte implica el proceso de creación e implica estar solo. La novela está construida en dos partes: Nina siempre está muy pegada al suelo, habla de sus pies, de las zarzas, de las plantas… En cambio Iván está siempre unos metros por encima: cuando lo conoce, está restaurando la cúpula de la ópera, también repara el tejado de la casa. Para Nina, llegar hasta donde está Iván —ese plano ideal, esa belleza de ahí arriba— es como una aspiración. Pero cuando sube al andamio y ve las pinturas de la ópera, se da cuenta de que están deterioradas por el tiempo y la lluvia. Quería hacer una metáfora con la belleza y el amor: algo precioso, sí, pero que con el tiempo y las inclemencias del mundo se agrieta, igual que la casa, igual que su relación.
«Yo escribo muy intuitivamente, agarro una libreta y un boli y escribo. No hago esquemas, ni planteo ideas, simplemente tengo escenas en la cabeza. Y de repente escribo, escribo, escribo... y hay un punto donde los personajes hacen su vida».
LENGUA: ¿El amor se lucha, se construyen las relaciones?
Glòria de Castro: Se pueden luchar, se pueden trabajar como como hacen Nina e Iván. Yo creo que todas las relaciones tienen este proceso que digo en una frase del libro: el amor es ir primero de la oscuridad hacia la luz, y después de la luz hacia la oscuridad. No solo es que empiezas a ver las partes oscuras de la otra persona, es que también ves las tuyas. Y ahí es donde vienen muchas roturas de pareja, pero qué pasa si transitas todas esas partes oscuras. Necesitas que alguien te vaya relatando desde la oscuridad, porque a lo mejor transitar esta parte oscura con la oscuridad de otra persona lo hace más llevadero.
LENGUA: Ariel es un adolescente diferente, muy sensible, descubriéndose, peleando a veces con el mundo. ¿Cómo le afecta esa relación a Nina?
Glòria de Castro: Para Nina sirve como de contrapunto. Ariel tiene este talento para pintar, pero dice de qué sirve todo esto. Entonces me servía como forma de volver a tierra, de explicar que en el fondo el arte sirve para algo realmente en el día a día, tiene una utilidad.
LENGUA: ¿Cuál? ¿Para qué sirve el arte?
Glòria de Castro: El arte debería servir, sobre todo en los momentos de crisis, como el que estamos atravesando ahora, y es donde debería meter más subvención, no en defensa, sino en arte. Porque realmente el arte es lo que nos hace humanos, es lo que nos hace personas, los que nos permite dialogar sin palabras, lo que nos permite verter toda la ira o el enfado que tengamos, de transformarlo en algo. Y acoge a todos por igual, pero si hay crisis se quitan subvenciones de la cultura y del arte, cuando precisamente en esos momentos de crisis debería invertirse más.
LENGUA: En Nina, su sensibilidad hacia la belleza, se vuelca en su antiguo oficio de bailarina de ballet.
Glòria de Castro: Yo quería transmitir la idea de cómo llegamos hasta la belleza, qué proceso tenemos que transitar. Y para mí lo más radical eran las bailarinas, porque para para mí es la máxima representación de belleza en el arte, cómo llegan las bailarinas a expresar esto a través de interiorizar el dolor en su cuerpo. De ir deformando o adaptando su cuerpo para lograrlo, pero a qué precio. Lo trato muy de refilón, pero también hay bastante abuso en el tema de los cuerpos en el baile, por parte del patriarcado, y de la sociedad.
LENGUA: ¿Choca su sensibilidad artística con el peso de las figuras masculinas? El padre, el hermano, la pareja, el hijo…
Glòria de Castro: Ella se siente parte de una coreografía de ballet, como que tiene que ir acompasada con el resto. Como que hay unos hilos invisibles y ella no puede nunca tomar decisiones por sí sola. Eso quise construir a través de estas relaciones con Iván, con Ariel, con su padre, ella nunca es del todo independiente, nunca toma decisiones solo pensando en ella, porque se siente parte de esta coreografía. Tiene que ir al mismo paso que el resto.
-Eduardo-Martínez-Gil.jpg)
Glòria de Castro. Crédito: Eduardo Martínez Gil.
LENGUA: En un momento de la novela, Nina cree que podría estar embarazada. Ese deseo convive con la imposibilidad de volver a ser madre. ¿Qué querías expresar con esa tensión entre maternidad y vacío?
Glòria de Castro: Quería ligar el agujero negro del pantano, el agujero del techo y ese otro agujero que ella siente dentro. Para Nina, es como un vacío sin salida, por donde ya no puede salir ningún otro hijo. Y no quiero adelantar nada, pero luego ocurren cosas con todos esos agujeros. Me parece muy potente, porque son huecos que también existen en la personalidad de todos los personajes.
LENGUA: El otro hueco profundo que siente, es la falta de su hermano.
Glòria de Castro: Necesitaba un personaje que fuese la parte amable de esta casa, donde ella no quiere volver, que no fuese todo negativo. Ella en algún punto no quiere volver, pero sabe que ahí hay una pequeña lucecita que la empuja hacia este sitio. Y luego también me servía porque me he basado mucho en los cuentos tradicionales de los hermanos Grimm, en los que siempre hay representada simbólicamente la parte masculina y la parte femenina. Todo el rato echa de menos esta otra parte de ella misma, tiene las dos partes, que a veces nos hacen aflorar la fuerza, y otras la sensibilidad.
LENGUA: ¿Qué tipo de personalidad crees que genera la ausencia?
Glòria de Castro: No es solo la ausencia, es que yo creo que estamos yendo a un tipo de sociedad que nos deja completamente solos. Es un poco la idea de la novela, hasta qué punto esta sociedad que nos tendría que acoger desde, por ejemplo, las ciudades. Un espacio comunitario que nos tiene que sostener, que nos tiene que hacer la vida más fácil, pero al final está haciendo que la gente esté más aislada, más sola, entonces esa ausencia de los personajes no es solo una ausencia física, si no una ausencia que viene de no tener red de sujeción. Cuando nos quitan la cultura, el arte, lugares donde vamos a reunirnos a presenciar algo bello, eso está desapareciendo en cierta manera.
«El amor es ir primero de la oscuridad hacia la luz, y después de la luz hacia la oscuridad».
LENGUA: Entonces salir de la ciudad, ¿es buscar la libertad o la soledad?
Glòria de Castro: La sociedad debería darnos la oportunidad de no estar solos. Esto nos lo debería dar el sitio donde vivimos o la sociedad misma, pero lo que está pasando es que no nos lo está dando y buena parte de la culpa la tiene el mundo en la tecnología obviamente. Esa falsa sensación de no estar solos, que no es lo mismo.
LENGUA: Eliges como escenario una distopía de catástrofe mundial muy desdibujada, pero a la vez muy fácil de visualizar: El apagón tecnológico total.
Glòria de Castro: Vengo de muchos años trabajando para compañías tecnológicas y las odio. De repente creando esta familia, con un hijo adolescente, y pensé cómo hacer para que no estuviera todo el rato con el móvil y fuera creíble. Dije: me cargo la tecnología. También para aislarlos. Quería crear casi como una obra de teatro, donde ellos funcionasen en un espacio y no me bastaba que no tuvieran cobertura. Quería establecer estas relaciones un poco extremas entre los personajes. No quería escribir una historia de ciencia ficción, ni centrarme en eso, sino simplemente tener este ambiente de aislamiento, donde el paisaje también fuese un personaje más.
-Eduardo-Martínez-Gil.jpg)
Glòria de Castro. Crédito: Eduardo Martínez Gil.
LENGUA: ¿De dónde viene tu capacidad para narrar con tanta precisión la naturaleza?
Glòria de Castro: Crecí en un pequeño pueblo cerca de Lleida, en una zona de Cataluña bastante olvidada. Ese paisaje, hermoso pero también duro, me marcó mucho. De niña escuché mil historias sobre el pantano —decían que allí se ahogaba gente—, y siempre supe que algún día escribiría sobre ese «agujero negro». Volví para sumergirme de nuevo en ese entorno que conocía tan bien, para detallar el paisaje con más precisión. También me acordaba que, después de cenar, los vecinos sacaban las sillas a la calle y contaban historias llenas de fantasía y realidad mezcladas. Ahora, con los móviles, todo eso se ha perdido. Si desapareciera la tecnología, tal vez volveríamos a escucharnos así.
LENGUA: ¿La llamas La gran ciudad para decir que podría ser cualquier ciudad, que da igual?
Glòria de Castro: Sí, esa era un poco la idea. Esta novela empezó en Mallorca, pero nos fuimos de Madrid. Ahí sí que hay un punto autobiográfico. Porque Madrid nos echó, nos echaron del trabajo, nos echaron de la casa donde estábamos viviendo porque nos duplicaban el alquiler. Me enfadaba al pensar que yo también he contribuido, que todos hemos hecho algo por esta ciudad. Vi que en todas las ciudades está pasando un poco lo mismo, que nos expulsan al extrarradio o fuera de los centros, lejos de toda la red de cosas culturales comunitarias. Entonces partía un poco de que la gran ciudad nos echa, pero cualquier gran ciudad.
«Nos expulsan al extrarradio o fuera de los centros, lejos de toda la red de cosas culturales comunitarias (...) la gran ciudad nos echa, pero cualquier gran ciudad».
LENGUA: Pero Nina asume esta violencia de la ciudad. ¿Realmente hubiera querido quedarse? ¿Realmente queremos quedarnos?
Glòria de Castro: Hay cosas muy bellas en esa ciudad, pero de repente es una montaña de escombros, entonces ella le dice a su hijo: no hay sitio donde volver, ya no existe ese lugar. Nosotros estamos queriendo quedarnos en estas ciudades porque todos tenemos esta ciudad fantástica en la cabeza. La ciudad donde nos mudamos, un lugar donde podemos realizarnos como personas, como ciudadanos, como creadores, pero ya no es así. Aunque siempre piensas que va a volver en algún momento. Yo estuve 10 años en Madrid y me encantó, pero creo que no volvería.
LENGUA: ¿Con qué tres puntos te gustaría que se quedara un lector o una lectora de esta novela de los templos solemnes?
Glòria de Castro: Uno, que la sociedad y la familia ahora mismo no nos van a solucionar nada, tiene que haber un cambio. Otro, sería que hay que volver a darle importancia a la búsqueda de la belleza, a traer belleza a nuestras vidas. En tiempos antiguos, la belleza era súper importante, era la base sobre la que se construían las polis. Y después, volver a escuchar estas historias. Volver a leer, volver a las bibliotecas, a los cuentos que nos explicaban de pequeños, volver a ese espacio. Al final, un libro es un lugar seguro.

