En la cocina de un evento literario inmersivo: la lectura como experiencia compartida
Leer ha dejado de ser un gesto estrictamente individual para abrirse paso a lo colectivo: una práctica que se comparte, se recorre y se vive en comunidad. En un momento en el que los índices de lectores crecen con una consistencia llamativa, el verdadero auge literario no reside solo en los números, sino en la mutación de la experiencia lectora. Los eventos literarios, cada vez más inmersivos, están impulsando esta transformación al conectar de forma directa a autores y lectores y ofrecer un contrapeso al aislamiento que a menudo impone lo digital. En este nuevo ecosistema, casos como Dreaming Spires ejemplifican el cambio. Su autora, Victoria Álvarez, regresa con una cuarta entrega tras diez años de la última publicación, y lo hace acompañada de una gira promocional que va más allá de la presentación tradicional. Aquí el lector no solo asiste y observa, sino que también participa activamente, recorre y se adentra, en definitiva, en la historia. Se convierte en cómplice del relato, en testigo cercano de su construcción. Hoy, la periodista, escritora y gestora cultural Andrea Mateos se cuela en la cocina de este arranque para entender qué hay detrás de estas experiencias y cómo están redefiniendo la industria editorial, abriendo nuevas formas de relación entre la literatura, quienes la crean y quienes la hacen suya.
Por Andrea Mateos

Imágenes de la experiencia inmersiva #DreamingSpires al hilo de la publicación de El esplendor en las sombras (abril de 2026), cuarta entrega de la serie de Victoria Álvarez. Crédito: cortesía de Lumen.
Los seres humanos apelamos a los cuentos desde los orígenes del tiempo. Antes de que el libro existiera como objeto, antes incluso de que la escritura fijara el lenguaje, la humanidad ya se reunía en torno a la llama viva de la palabra. Había un interlocutor y un círculo expectante. Un cuerpo que narraba y otros que escuchaban. Y en ese intercambio ritualista ocurría algo parecido a la magia: el lenguaje se derramaba sobre los oyentes como un arroyo invisible del que todos querían beber. Así nacieron la poesía, los cantares, más tarde el teatro. Así comenzamos a reconocernos en la imaginación compartida.
Porque, si hay algo que ha sostenido lo humano a lo largo del tiempo, ha sido, precisamente, esa necesidad de habitar otros relatos. Encarnarlos, aunque fuera por un instante. Tener en nuestras manos la posibilidad de lo ajeno, de la otredad. La historia de la cultura no es sino la historia de esa pulsión: la de escapar, la de comprender, la de dar forma a lo que nos atraviesa. Amar, perder, temer, desear… Cada época ha encontrado su manera de contarlo, cada era ha hallado la forma de traducir su propio lenguaje, y hacerlo, además, en compañía de otros seres. De las hogueras a los escenarios, de los manuscritos a las pantallas, el formato ha cambiado, pero la apetencia sigue siendo la misma.
Así que hoy, cuando se habla con insistencia del auge de los eventos literarios, conviene recordar un ligero matiz: en realidad, no estamos ante un fenómeno nuevo, sino ante una necesidad antigua que ha encontrado una forma renovada de manifestarse. La lectura, durante mucho tiempo concebida como un acto íntimo y silencioso, vuelve a abrirse hacia lo colectivo. Reading parties, clubes de lectura, vermús literarios, encuentros híbridos que mezclan lo escénico con lo narrativo. Propuestas que no dejan de multiplicarse y que, en su diversidad, apuntan a una misma dirección: la de devolver a la literatura su dimensión compartida de antaño.
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Sin embargo, lo que hasta hace relativamente pocos años parecía reservado a círculos reducidos (prensa especializada o bookstagramers), ahora comienza a expandirse hacia un público más amplio. Los lectores ya no solo leen, sino que participan, dialogan y se encuentran. Y los autores, por su parte, dejan de ser figuras que únicamente veían durante unos segundos en las firmas de libros para convertirse en presencias vivas, mucho más accesibles: «Pasar de hacer cola en la Feria del Libro de Madrid para conseguir una firma a poder estar sentada en un evento compartiendo conversación con una autora, es un privilegio que valoro enormemente cada vez que ocurre. Y ahí está, para mí, la magia: en sentir que, por unas horas, la literatura se vuelve algo compartido, vivo y cercano», explica Ángela Santos (@winonareader), ávida lectora que, además, dirige dos clubes de lectura.
Quizá tenga que ver también con el momento global que estamos viviendo, con esa sensación, cada vez más extendida, de que el ruido del mundo resulta demasiado ensordecedor. De que la identidad y el sentido de pertenencia, en estas circunstancias, se están resquebrajando. Pero entonces, como tantas otras veces ya ha ocurrido en la historia, la cultura aparece de nuevo como un refugio que nos sostiene pese a la adversidad. Ya lo escribió en su día Calderón de la Barca: «la vida, en el fondo, es sueño. Y tal vez por eso seguimos buscando espacios donde soñar juntos».
Lo que hasta hace relativamente pocos años parecía reservado a círculos reducidos (prensa especializada o bookstagramers), ahora comienza a expandirse hacia un público más amplio. Los lectores ya no solo leen, sino que participan, dialogan y se encuentran.
En ese contexto, la proliferación de estas iniciativas no sorprende, puesto que responde a algo profundo, casi estructural, a la necesidad de reunirse, de escuchar y ser escuchado, de volver a ese origen donde la palabra circulaba libre y viva entre los cuerpos presentes. Lo que estamos viendo no es solo una tendencia cultural, sino una forma de reconectar con aquello que siempre hemos sido. Y, quizá también (y esto es mucho más revelador), con aquello que necesitamos seguir siendo.
Entre emails, convocatorias, documentos compartidos y llamadas telefónicas, la parte menos romántica de los eventos (pero también la más decisiva), hoy nos colamos directamente en la cocina de uno, asistiendo, de esta manera, al inicio de la campaña promocional de la cuarta entrega de Dreaming Spires: El esplendor en las sombras, de Victoria Álvarez, diez años después de su última publicación: «Algo que también he comprobado como historiadora del arte en el caso varias disciplinas, incluyendo a la escritura, es que una creación artística puede mantenerse inmutable desde el punto de vista material (un texto en el que no se ha modificado ni una palabra, un lienzo al que no se le ha añadido ninguna pincelada), pero el mensaje que sigue enviando siglos después y las emociones que es capaz de suscitarnos evolucionan a la vez que lo hacemos nosotros», confiesa la autora.
La organización de un evento es, en sí misma, una narración coral donde cada pieza debe encajar para que algo suceda. ¿El objetivo? Construir una experiencia capaz de transportar a los asistentes fuera de su cotidianidad, para sumergirlos, aunque sea por unas horas, en el interior de un universo literario. Como diría la propia Victoria, para emocionarlos con independencia del tiempo, para encapsularlos en una envoltura de atemporalidad. En este caso, la premisa era clara desde el inicio: recrear lo místico, lo fantástico, lo inquietante. Dar cuerpo a esa geografía titilante que sucede dentro de las páginas de un libro.

Crédito: cortesía de Lumen.
En los últimos años, Dreaming Spires se ha consolidado como un pequeño clásico contemporáneo entre los lectores españoles gracias a una fórmula que mezcla el misterio con el romance y los fenómenos paranormales. Había, por tanto, una responsabilidad: estar a la altura de ese imaginario que tantos amantes de la saga ya sienten como propio. Y ahí es donde las decisiones comienzan a adquirir un peso simbólico. «A mí me encantan los eventos en los que se piensan dinámicas que están relacionadas con el propio libro, donde los lectores podemos mimetizarnos con la historia y pasar tiempo con el autor. La verdad es que te hace ilusión pertenecer, por un rato, a ese universo. También que se hagan dinámicas participativas donde no solo vas a escuchar, sino también a formar parte de una actividad. Por ejemplo, me encantó que en la presentación de Victoria los asistentes tuviéramos que descifrar un misterio en un periódico, porque eso es justo lo que harían los protagonistas de Dreaming Spires», nos contó Noelia Blanco (@floresyunlibroenblanco) tras asistir al evento.
La primera propuesta que se materializó, sin embargo, fue la de contratar a una tarotista que, carta a carta, fuera desvelando el destino de los asistentes, es decir, no se trataba solo de una elección que fuera acorde visualmente a la estética del evento, sino más bien de una puerta de entrada al relato. En este caso, la elegida fue Siena Nogueroles (@siena_nogueroles), conocida por su trabajo en tarot terapéutico y predictivo. Su presencia añadió la posibilidad de que cada asistente se convirtiera, por un instante, en uno de los miembros de la novela.
En menos de una hora, los cien cupos disponibles se habían agotado por completo. No fue un fenómeno casual ni un golpe de suerte: Dreaming Spires arrastra, desde hace años, una comunidad de lectores especialmente fiel que se sostiene a través del tiempo y las tendencias editoriales.
Lo que sucede en este tipo de eventos no es únicamente una promoción editorial, es también una forma de devolver a la literatura su dimensión performativa. De hacer que el lector cruce un umbral y deje de observar desde fuera para pasar a formar parte. Así, durante unas horas, el libro deja de ser un objeto para transformarse en un espacio que se recorre en compañía: «En los quince años que llevo publicando, he presenciado un crecimiento espectacular en esta clase de eventos. No me refiero solo a la cantidad de encuentros que se suelen organizar hoy en día, sino a la afluencia de los mismos, con aforos cada vez mayores, y la diversidad que existe al respecto. Las presentaciones tradicionales, por supuesto, siguen siendo un clásico que nunca pasará de moda, pero también contamos con experiencias inmersivas, bailes temáticos, talleres de manualidades, concursos, viajes... Personalmente, me parecen una manera estupenda de conectar al autor con sus lectores; la escritura, en ocasiones, se convierte en una labor muy solitaria, un diálogo íntimo entre creador y obra, una botella arrojada al océano que, gracias a este tipo de eventos, puedes comprobar que, efectivamente, acaba llegando a las manos de alguien», explica la propia Álvarez.
Apenas se habilitó la venta de entradas, para poder controlar el aforo y preservar la intimidad de la experiencia, el interés superó cualquier previsión. En menos de una hora, los cien cupos disponibles se habían agotado por completo. No fue un fenómeno casual ni un golpe de suerte: Dreaming Spires arrastra, desde hace años, una comunidad de lectores especialmente fiel que se sostiene a través del tiempo y las tendencias editoriales. Muchos de los asistentes acudieron vestidos siguiendo el dress code propuesto, una estética dark academy que parecía extraída directamente de las páginas de la saga: vestidos de encaje, camisas blancas, tonos oscuros y ese aire entre melancólico y erudito que define su universo. Otros, sin embargo, llegaron con la prisa todavía adherida al cuerpo, tras salir corriendo del trabajo, con el único objetivo de arañar unos minutos cara a cara con la autora. En ambos casos, lo que se respiraba era lo mismo: una expectación genuina, una necesidad compartida de estar allí, de formar parte de algo que iba más allá de la simple presentación de un libro.

Crédito: cortesía de Lumen.
Y es que, en una sociedad atravesada por la inmediatez, donde las tendencias nacen y mueren a una velocidad vertiginosa, resulta especialmente significativo encontrarse con una saga que, tras más de una década en el mercado, no solo mantiene a sus lectores, sino que continúa sumando nuevos adeptos año tras año. La propia Victoria Álvarez lo reconoce: la ambientación es uno de los pilares fundamentales de su obra, el elemento que permite a los lectores anclarse a ese universo y regresar a él como quien vuelve a un lugar conocido. No es un caso aislado, sino parte de un fenómeno más amplio: el género fantástico ha experimentado en los últimos años una transformación notable, expandiéndose, diversificándose y consolidándose como uno de los más influyentes dentro del panorama literario global. Lejos de quedar relegado a nichos específicos, ha conquistado a públicos cada vez más amplios, desdibujando cualquier frontera que pudiera encasillarlo.
El lugar elegido para esta primera convocatoria, El Imparcial, en pleno barrio de El Rastro madrileño, no fue una elección menor. Este palacete, que a comienzos del siglo XX albergó la redacción de un histórico diario, conserva en sus paredes una memoria cultural que dialoga con el presente. Su atmósfera, a medio camino entre lo histórico y lo contemporáneo, funcionó como un escenario perfecto para acoger una propuesta que, en esencia, también transita entre tiempos y sensibilidades. «Para mí los encuentros con los autores son completamente mágicos y me encanta comentar con ellos todo lo relativo al proceso creativo y de escritura. También para que nos digan cómo se estaban sintiendo o qué estaban viviendo cuando escribían el libro. Ya no es solo que te metas en la historia, sino dentro del proceso. Gracias a los eventos tenemos la posibilidad de estar mucho más conectados con las personas que crean las narrativas y eso es un regalo para los lectores», explica emocionada Ale Samaniego (@ale_samaniego), organizadora de eventos literarios.
En un mundo donde todo parece acelerarse y fragmentarse, sentarse junto a otros a escuchar, imaginar y sentir sigue siendo un acto profundamente humano.
Quizá todo esto responda a una suma de factores difíciles de aislar o, quizá, simplemente, a que el lector contemporáneo se encuentra en un momento de fértil receptividad. Las historias que antes se percibían como un simple escapismo han adquirido una nueva legitimidad: hoy el género fantástico no solo entretiene, sino que articula preguntas, canaliza inquietudes y ofrece refugios en medio de un contexto social cada vez más incierto. Y, en paralelo, los eventos literarios están reconfigurando la manera en que esas historias se consumen y se sienten. Porque si algo parecen evidenciar encuentros como este es que la literatura ya no quiere quedarse encerrada entre las páginas, sino que quiere expandirse y tomar cuerpo. Frente al avance imparable de lo digital y las tecnologías que prometen reproducir o sustituir ciertos procesos creativos, emerge con fuerza una pulsión contraria, la de lo tangible. Como afirma Victoria Álvarez, «la interacción directa con los lectores añade una dimensión importantísima a la labor creadora, que puede hacer madurar nuestra literatura de manera decisiva».
Tal vez ahí resida la clave de esta transformación, en entender que las historias no solo están hechas para ser leídas, sino también para ser atravesadas. Que, en un mundo donde todo parece acelerarse y fragmentarse, sentarse junto a otros a escuchar, imaginar y sentir sigue siendo un acto profundamente humano. Y que, precisamente por eso, hoy más que nunca, la literatura encuentra en lo colectivo no solo una forma de resistencia, sino también su próxima gran reinvención.

