¿Qué tienen en común Elena Ferrante y Kim Kardashian?
El 26 de octubre de 2016, Kim Kardashian fue atracada en París por cinco hombres encapuchados. Le robaron un carísimo anillo que ella misma había enseñado horas antes en su cuenta de Instagram. Casi al mismo tiempo, en Italia, un periodista decidió desvelar la identidad de Elena Ferrante, quien tiempo atrás había decidido firmar sus exitosos libros bajo seudónimo para así garantizar un anonimato que aquel día le quisieron arrebatar. El mensaje es claro: las mujeres no tienen que exponerse si no quieren correr riesgos, como supuestamente hizo Kim Kardashian, a quien atracaron por mostrar más de lo que debería, pero tampoco pueden mantenerse en la sombra si así lo desean, que es exactamente lo que buscaba la autora (¿o el autor?) de la saga «Dos amigas». Esta historia es una de las muchas que conforman el libro de Annabelle Hirsch «Cosas de mujeres. Una historia en 100 objetos» (Debate, 2024), un viaje a través de un centenar de objetos que nos transporta a múltiples, fascinantes y a menudo ignoradas hazañas femeninas. Al hilo de su publicación, en LENGUA reproducimos íntegramente el capítulo en el que la autora se adentra en los casos de Kim Kardashian y de Elena Ferrante para preguntarse por qué las mujeres con éxito han de estar condicionadas por el escrutinio público.
Por Annabelle Hirsch

Kim Kardashian en un evento público celebrado en octubre de 2013 en Beverly Hills, Los Ángeles. Tres años después, el 26 de octubre de 2016, durante la Semana de la Moda de París, la socialité fue atracada a punta de pistola por cinco hombres enmascarados. Entre los objetos que le robaron estaba el anillo que luce en su mano izquierda en esta imagen. Crédito: Getty Images.
Desde la perspectiva de la cultura pop y la historia de las mujeres, el domingo 23 de octubre de 2016 fue un día movidito. Empezó por la mañana con el desenmascaramiento contra su voluntad de la escritora best seller Elena Ferrante, que escribe bajo seudónimo y ha declarado durante años que deseaba permanecer en el anonimato. Y terminó hacia las tres de la madrugada con el atraco a la estrella del reality y las redes sociales Kim Kardashian. Estaba en París con motivo de la Fahion Week y sola en su habitación de hotel, cerca de la Place de la Concorde, cuando unos enmascarados entraron de repente, la amenazaron con una pistola y no paraban de gritar en muy mal inglés: «¡El anillo! ¡El anillo!». Se referían a un anillo, un diamante de quince quilates, que el ahora exmarido de Kim, Kanye West le regaló como segundo anillo de compromiso y que ella había mostrado en primer plano en Instagram unas horas antes.
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Ambos acontecimientos causaron un gran revuelo. El primero provocó un sinfín de críticas. Si alguien no quiere ser reconocido, hay que dejarle en paz. El segundo hizo que muchos se regodearan; si alguien se exhibe así, le está bien empleado. Pero, sobre todo, ambos incidentes plantearon a su manera dos cuestiones: en primer lugar, cuánto éxito se le permite tener a una mujer sin tener que «pagar» por ello de alguna manera. En segundo lugar, qué grado de exhibición y de intimidad le está permitida a una mujer en el siglo XXI, o, mejor dicho, hasta qué punto se le deja decidir esto por sí misma. Ambas mujeres fueron y siguen siendo hoy enormemente exitosas, ambas eligieron una forma radical y en este caso radicalmente opuesta de ser públicas: mostrar todo o nada. El tema siempre ha sido muy debatido, y no solo en términos de moda; hasta hace no mucho tiempo, aún en el siglo XIX, una mujer era considerada exhibicionista solo por dejarse ver en la ventana de su casa (vestida, eso sí, no desnuda como la señorita Else). Hoy se sigue acusando de narcisismo patológico a las que quieren ser vistas, pero al mismo tiempo se saca de detrás de la cortina a las que prefieren vivir ocultas. En el caso de Ferrante, el periodista que la «desenmascaró» dijo que una autora de éxito no tenía derecho a exigir el anonimato, el público tenía derecho a saber quién escribía esos libros tan apreciados. Según la revista en cuestión, su desenmascaramiento era «inevitable». Para Kim Kardashian, en cambio, el ataque fue visto como una especie de castigo por su arrogancia femenina. «Si una mujer alardea así de su vida y de su riqueza y muestra un anillo de tantos millones en Instagram, no debería sorprenderse», decían los críticos socarrones. Voces muy perversas llegaron a sospechar que el atraco era un montaje para catapultarse a los titulares, igual que se sospechaba que ambas mujeres se mostraban u ocultaban no por preferencias personales, igual que unas personas son introvertidas y otras extrovertidas, sino como una estrategia de relaciones públicas para manipular el mercado de la atención y ganar aún más dinero.

Annabelle Hirsch, autora del libro Cosas de mujeres. Crédito: Tanja Kernweiss.
En el caso de Ferrante, es difícil decir hasta qué punto su anonimato está destinado a generar interés, hasta qué punto su fama y fortuna fueron generadas no solo por su escritura, sino también por el misterio que la rodea. Pero, aunque así fuera, why not? En el caso de Kim Kardashian, en cambio, podemos ahorrarnos la acusación. Es cierto. Su trabajo consiste en mostrarse y en divulgar su intimidad, o al menos algo que se parezca a ella y que a los demás les convenza, y ganar dinero con ello. Puede parecerte estúpido o un poco pobre como concepto de carrera, pero ha funcionado. A estas alturas, se dice que Kardashian «vale» casi mil millones de dólares con sus diversas empresas. No en vano llevaba un anillo así aquella tarde de octubre. Y todo porque había comprendido que mostrarse alberga riesgos, pero también le otorga poder. Como muy tarde desde el siglo XVII y los primeros cuadros de mujeres durante su aseo matutino (hoy conocido como «rutina de belleza»), que la gente ansía conocer la intimidad femenina. Precisamente porque las mujeres habían vivido al margen durante tanto tiempo y la gente no sabía lo que hacían realmente en sus «zonas femeninas», ansiaban echar un vistazo por el ojo de la cerradura. Kardashian solo le dio la vuelta a esta antiquísima fuente de curiosidad. Mientras que antes las estrellas, en especial las femeninas, tenían que esconderse durante décadas detrás de los matorrales, con gorras o con gruesas gafas de sol y huir de los restaurantes por salidas de emergencia solo para escapar del penetrante acecho de la prensa, ella dejó inválido cualquier tipo de voyeurismo y directamente lo mostró todo antes de que nadie quisiera verlo. Cuando se filtró el vídeo sexual de Kim Kardashian en 2006, ella no se escondió apenada detrás del sofá como habríamos hecho cualquiera de nosotros, sino que dio la cara y utilizó el embarazoso momento a su favor. Su familia lo transformó en un programa, Keeping up with the Kardashians; se convirtieron en una marca y utilizaron los canales de las redes sociales que pronto surgieron como extensión del reality show y como plataformas publicitarias permanentes para sus propios productos.
Quizá sea puro exhibicionismo, o quizá solo sea otra forma moderna de contar historias. Como mínimo, este espacio de autoescenificación es uno en el que las mujeres tienen por primera vez el poder de decidir cómo y cuándo se las ve, de moldear su imagen según sus propias ideas y de ganar dinero con ello. Cuando Kim Kardashian fue portada de la revista Forbes unos meses antes de la agresión en el verano de 2016 porque su negocio de privacidad la había convertido en una empresaria de éxito, tuiteó para todos los haters que la habían acusado de que exhibirse no era ningún talento: «No está mal para una chica sin talento». En la serie de fotos que acompañaban al artículo llevaba el anillo: The ring.

