«Querida señora Woolf...»: el romance (no muy) secreto entre Virginia y Vita

Cada 26 de abril se conmemora en España el Día de la Visibilidad lésbica para recordar la doble opresión que sufren las mujeres lesbianas y reivindicar la igualdad de derechos y oportunidades. Aprovechando la ocasión, compartimos algunos secretos de la relación que Virginia Woolf, autora bisexual, mantuvo con la escritora Vita Sackville-West. 

Virginia Woolf y Vita Sackville-West

Virginia Woolf y Vita Sackville-West.

La obra de Virginia Woolf es objeto de mucha adoración y estudio, pero su relación íntima con la también escritora Vita Sackville-West rara vez va más allá de una desapercibida nota al pie. Sin embargo, esta relación fue absolutamente formativa para ambas mujeres. Tras su primer encuentro en una cena bastante desastrosa en 1922, Virginia y Vita se cruzaron unas fascinantes, coquetas y líricas cartas hasta la Segunda Guerra Mundial, y el suicidio de Virginia, casi veinte años después. ¿Y qué podría ser más revelador que una carta?

¿Quizá solo un diario? Esta edición de Love Letters (en inglés a cargo de Penguin Books) incluye extractos de los diarios de ambas mujeres junto con sus cartas, que ponen magníficamente de relieve su contradicción, su hipocresía y su anhelo. Acompañadas de una nueva introducción de Alison Bechdel, la creadora de Fun Home y el Test de Bechdel, estas Love Letters revelan nuevos puntos de vista sobre la vida y la obra de esta extraordinaria pareja.

Puede que hoy sintamos la tentación de pensar en estas mujeres como bisexuales, pero debemos ser cautos antes de aplicar etiquetas anacrónicas de forma retroactiva. Lo cierto es que las dos mujeres estaban felizmente casadas: Virginia con Leonard Woolf, escritor y reformista social con quien dirigía la editorial de ambos, Hogarth Press (y que también le hacía de chófer a Virginia cuando iba a casa de Vita…). La relación de Virginia y Leonard se caracterizaba por una gran devoción mutua, aunque no —parece— por demasiada consumación conyugal. Vita fue probablemente la primera relación extramatrimonial de Virginia; por otro lado, Vita tuvo muchas aventuras con hombres y mujeres antes, después y durante su época con Virginia. La relación abierta de Vita con su marido, Harold Nicolson, la describió el hijo de ambos, Nigel, en Retrato de un matrimonio, pero se puede atisbar en los evocadores extractos de sus cartas incluidas en esta colección: «Cariño, ¡no hay ningún enredo en ninguna parte! —le escribe Vita a Harold, una semana después de decirle a Virginia que la ama—. Me he acostado (dos veces) con ella, pero eso es todo». (¡Eso es todo!)

En vez de lesbianas, gais o bisexuales, el término más comúnmente empleado por Vita y Virginia para describir sus «proclividades» es «safistas»: un eufemismo que recibe su nombre de Safo, una poetisa de la Antigüedad que escribía sensuales versos sobre las mujeres, y que vivió en la isla griega de Lesbos (lo que inspiró, también, la palabra «lesbiana»). En una de sus primeras entradas en el diario sobre Vita, Virginia escribe: «Es una safista declarada, y quizá […] me haya echado el ojo, aun con lo vieja que soy».

Al tratar de discernir sus propios sentimientos por Vita, un par de Navidades después, Virginia escribe de nuevo: «Estas safistas aman a las mujeres; a la amistad nunca le falta una nota de amorosidad […] ¿Qué efecto tiene todo esto en mí? Muy mezclado». Sin embargo, en lo que respecta a las cartas que se escriben la una a la otra, no rehúyen el aspecto físico del safismo. Escribe Vita: «Querida señora Woolf [esa parece la fórmula adecuada]: Lamento que haya tenido que quedarse en cama, aunque no conmigo [una fórmula menos adecuada]».

Desarrollaron códigos intrincados y bromas privadas, también. Celosa cuando Vita seducía a otras mujeres, Virginia se la imagina como un «delfín» comiéndose «un lecho de ostras», y no puede resistirse a cortar y pegar la ilustración de un delfín «dando unos graciosos brincos». Vita, al escribirle sobre cuánto la echa de menos, le responde más tarde con el garabateo de una ostra.

Alison Bechdel escribe en su introducción: «Si Virginia y Vita hubiesen tenido smartphones, ¿qué hilo de acrónimos de sexteo, qué rebuscados emojis (¿unas tijeras?) y enlaces de Twitter habrían escudriñado nuestros dedos, en lugar de este rastro documental?».

Estas cartas resultan tan cercanas que a menudo se olvida que fueron escritas hace casi cien años. Sin embargo, gran parte de la fascinación y la diversión para el lector moderno proviene de esos momentos en que recordamos que se trata de cartas físicas, que fueron escritas y enviadas. Las cartas se pierden. Tardan un tiempo en llegar. A veces, preocupadas por haber sido malinterpretadas, enviaban a continuación un telegrama urgente.

Al principio de la relación entre ellas, Vita recorrió Teherán con su marido, y le escribió bellas descripciones a Virginia a cada paso del camino; ella escribe anhelantes respuestas desde Bloomsbury, sin saber cuánto tardarían en llegar al otro lado del océano.

Vita y Virginia hicieron toda clase de juegos con el medio. A veces escribían a mano —Virginia utilizaba su distintiva tinta púrpura—, otras lo hacían a máquina, o incluso las dos cosas: «Tus cartas siempre me impresionan, porque mecanografías el sobre, y parece una factura, y después veo tu letra. Un sistema que me gusta bastante, por las diversas punzadas que me ofrece», escribe Vita.

Escribían en diferentes tipos de papel: «Este papel me gusta tanto que debo escribirte una carta en él», escribe Vita, refiriéndose a una cuartilla particularmente extravagante con el membrete de un hotel. Cuando Hogarth Press, de Virginia y Leonardo, publica a Vita, esta envía más de una carta en el mismo paquete: una para su editor, una para su amante. Cuando Virginia se hizo un retrato, le envió copias a Vita. De hecho, una de esas fotos permanecería en adelante sobre el escritorio de Vita. Su casa de Sissinghurst se mantiene tal como la dejó Vita cuando murió, decorada con dos fotos: una de su marido y una de Virginia.

Las dos mujeres son excelentes artífices de la palabra, por supuesto, y experimentan un gran placer con el arte de la escritura epistolar: intentan impresionarse mutuamente, en el flirteo y como competentes poetas.

Sin embargo, las cartas no fueron lo único que se escribieron. También criticaban a menudo sus respectivas obras, y Vita publicó varios libros con Hogarth Press: «Si no te he escrito, es porque he estado escribiendo para ti, tirana, esclavista, ¿cómo voy a escribir veinte mil palabras en diez días, dime?», escribió, refiriéndose a un plazo de entrega muy ajustado.

Y Virginia escribió más tarde, de forma suprema, una novela para Vita —la biografía ficticia Orlando—, a la que Nigel Nicolson se refirió célebremente como «la más larga y encantadora carta de amor de la literatura». Hoy considerada una de las primeras novelas con un protagonista de género fluido, Orlando no solo estaba dedicada a Vita, sino que fue inspirada por ella, e incluso se acompañaba de fotografías de ella, tomadas por Virginia, vestida de diversas maneras, con uniforme masculino y perlas femeninas.

Leer sus cartas durante el proceso de escritura de Virginia es como descubrir el montaje del director de la novela, con escenas tras las cámaras: «Mi pregunta ahora es: ¿cambiarán mis sentimientos por ti? —escribe Virginia cuando acaba de terminar de escribir Orlando—. He vivido en ti todos estos meses; al salir, ¿cómo eres de verdad? ¿Existes? ¿Te he inventado yo?».

Estas cartas, en medio del famoso grupo de Bloomsbury, transmiten a veces la sensación de una escapada a una especie de utopía protoqueer, pero también están salpicadas de recordatorios de las críticas del mundo en general. Cuando, por ejemplo, El pozo de la soledad, una novela abiertamente lésbica escrita por Radclyffe Hall en 1928, es prohibida por el gobierno al considerarla obscena, Vita se indigna: «Por mi parte, debería renunciar a mi nacionalidad, como gesto, pero no quiero hacerme alemana, aunque anoche fui a un teatro de revista donde dos arrebatadoras jóvenes cantaban una canción francamente lésbica», escribe a Virginia.

Hacerse con un ejemplar descatalogado tiempo atrás de las cartas de Virginia y Vita se había convertido en una especie de rito de paso para las safistas de hoy, y también lo es —como señala Alison Bechdel en su introducción— citarse fragmentos unas a otras durante los momentos más espinosos de una relación. 

¿Vita y Virginia se amaban? Desde luego. Pero ¿con qué tipo de amor? Bien, exactamente. Eso es lo que ellas intentan —con desesperación, deleite y devoción— averiguar en esas cartas.


Texto de Lily Lindon publicado originalmente en Penguin.co.uk.

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