Cómo educar sin gritos y de manera efectiva
Educar desde la calma y sin gritos no es ser permisivo, es ser consciente de que el respeto es el único camino para que el aprendizaje sea real y duradero. Pero, ¿por qué nos cuesta tanto educar sin gritos?

Educar sin gritos y de manera efectiva
Acompañar la educación y la crianza de los hijos es la tarea más compleja de la vida. En una profesión donde las prácticas llegan antes que la teoría, muchas veces se rescatan herramientas poco adecuadas de nuestra cultura educativa, que llevan empleándose décadas a pesar de todo lo que ha ido evolucionando el ser humano a lo largo de la historia.
Una de estas pautas educativas es el grito. Esta manifestación comunicativa que denota en muchos casos la escasez de recursos por parte del adulto -y no del niño-, para hacer efectiva una norma o un límite en un momento dado.
Y es que educar con gritos es olvidar el valor del respeto y la empatía, dos pilares fundamentales para que un niño crezca en una base llena de valores con una inteligencia emocional sana y segura.
¿Se puede ser firme sin autoritarismo?
Para transformar la dinámica familiar, es necesario revisar cómo nos vinculamos. La relación con los hijos debe ser de respeto mutuo y no una relación donde el adulto se sitúe en superioridad frente al niño. Esta idea no busca eliminar la autoridad de los padres, sino un cambio de mirada, ya que, aunque es fundamental que existan normas y límites en la vida del niño, estos siempre deben ser establecidos desde el afecto, la amabilidad, la calma y la firmeza.
Es fundamental entender la diferencia entre imponer y acompañar: ser firme no implica autoritarismo, ni imposición, sino linealidad en las pautas que se dan. La firmeza es la seguridad que el niño necesita para saber por dónde caminar, mientras que el autoritarismo es una barrera que corta la comunicación.
Como padres y educadores, debemos ser autocompasivos pero responsables. En ocasiones ser coherente y constante es una tarea muy compleja, ya que los niños están en un continuo aprendizaje. Ese proceso de descubrimiento supone la persistencia de aquello que quieren o les llama la atención. Además, su falta de conciencia de tiempo y su exceso de energía les permiten persistir y perseverar sin límite, siendo a veces una tarea cansada la de educar con paciencia y calma. El cansancio es real, pero el grito no es la solución al agotamiento, sino el detonante de una conducta y una comunicación ineficaz.
La importancia del vínculo y el apego seguro
El daño más profundo del grito no es el susto momentáneo, sino la erosión de la confianza. Los gritos nos distancian de los hijos, nos desunen y rompen el vínculo de apego seguro entre padres e hijos. No debemos olvidar que dicho apego se construye a diario, con paciencia, mimo, esfuerzo, cariño, pero se puede resquebrajar en segundos cuando se emplean los gritos, la violencia verbal y o física.
Cuando el hogar se convierte en una relación de agresividad donde el respeto desaparece, implica miedo e inseguridad para el niño, su figura principal de referencia deja de serlo y pasa a sentirse desubicado y sin referentes de un ejemplo de conducta adecuado. Esta falta de unión e inseguridad generan que el niño no sienta que pertenece, no se sienta querido de manera incondicional ni importante o visto por sus adultos de referencia.
La ciencia respalda la necesidad de cambiar el grito por la palabra. Los gritos generan miedo, rechazo, inestabilidad.
A nivel biológico, el impacto es medible: en el cerebro se ve cómo la corteza prefrontal se inunda de cortisol, ofreciéndole al niño una situación que no puede controlar.
El cortisol es la hormona del estrés y, en niveles altos, es como si desconectara la parte racional del cerebro. Por eso, cuando un niño siente el grito, se bloquea. No es que sea rebelde o no quiera escuchar; es que biológicamente su cerebro ha entrado en modo supervivencia, por lo que el grito no es efectivo en sí, sino que es el cortisol quien paraliza la conducta del niño, afectando a su manera de actuar.
En un principio, el grito puede parecer una herramienta útil porque consigue frenar la conducta del niño de manera inmediata, pero a la larga, se vuelve ineficaz, ya que el niño deja de responder a él de la misma forma en que lo hacía al inicio, además de ser un recurso que desune y desautoriza, dejando al adulto expuesto ante su falta de recursos y herramientas educativas.
Emplear la palabra, la paciencia y sembrar a diario, aunque pueda parecer agotador o poco eficaz, se convierte en la mejor herramienta educativa y en el modelo emocional que todo adulto quiere que su hijo siga a la hora de relacionarse con otros e incluso con ellos mismos.
Si a un niño le enseñamos que quienes más le quieren le pueden gritar cuando no cumpla las normas, le estaremos enseñando a normalizar conductas de abuso y violencia poco adecuadas que no querremos que acepte a lo largo de su vida.
Libros y cuentos para educar sin gritos
Un cuento que habla sobre la importancia de respetar a los demás, de saber ayudar y utilizar el don de cada uno de una manera adecuada, donde la empatía es fundamental.
Ver más
Un maravilloso libro donde la tierna historia entre Oso y Gansita nos hará emocionarnos, empatizar y conectar con su relato. La importancia del sentido de pertenencia, de sentirse parte de, de encontrar dónde ser vistos, a quién imitar, qué modelo seguir, y todo ello acompañado de unas ilustraciones maravillosas de Sara Ogilvie.
Una historia que seguro que conecta con sus pequeños lectores pero también con sus progenitores. Porque, ¿quién no ha querido alguna vez dejar e crecer y seguir siendo niño siempre? La importancia de los iguales y las relaciones de amistad en la vida, transformada en una aventura que no dejará a nadie indiferente.
Ver más
Un cuento de Diana Jiménez que explica perfectamente el enfado tanto desde la mirada del niño como desde la perspectiva adulta, para que así ambas generaciones empaticen y conecten con el papel del otro sin olvidar que el enfado es una emoción más, necesaria y que nos ayuda a comunicarnos y buscar nuevas herramientas.
Ver más
Como su propio nombre indica, este cuento es un tesoro. Un regalo para los sentidos donde hablar del vínculo, de la importancia de amarse y sentirse unidos a pesar de no ser iguales, o no estar juntos. La felicidad está en cualquier lado, tan solo hay que abrir la mirada y conectarse con ella.
En este pueblito donde todos los habitantes son iguales, alguien extrano y diferente llega para enseñarles valores tan importantes como la amistad y la tolerancia, imprescindibles para acompañar las diferencias, y comprender que lo distinto no tiene por qué ser peor, sino todo lo contrario.
Ver más
